—Sin duda no me ha faltado ni la intención, ni el propósito, ni el valor de darme al diablo; pero el diablo no me quiere y me desdeña. Yo no consigo lo que consigue cualquiera vieja ignorante y estúpida. Las puertas que defienden la mansión del milagro, ya celestial, ya infernal, están cerradas para mí. Llamo a ellas y nadie me responde.

La reacción del orgullo venía luego a levantar su espíritu y a elevarle al extremo contrario: al mayor grado de soberbia:

—Ningún demonio viene y me ayuda—decía—porque son inferiores a mí, porque no pueden darme lo que me falta, porque yo valgo más que ellos. En balde me humillo pidiéndoles que me socorran. Lo que me conviene es buscar el camino del lugar hasta donde mi aptitud y mi predestinación pueden conducirme, y, desde allí, llamarlos y sujetarlos a mi mandado, no tomándolos como protectores sino como siervos sumisos.

En estas y en otras cavilaciones, que entonces se presentaban juntas en la mente de Fray Miguel, habían pasado muchos años de su vida claustral. Su orgullo no había consentido que fuese un santo, pero también su orgullo se había opuesto a que ningún poder infernal viniese a dominar su alma, ocupada y dominada toda por su orgullo mismo.

En el espíritu de Fray Miguel había además poco briosas facultades que le habilitasen para conquistar y dominar nada por medio del pensamiento, Era distraído, poco insistente, ambicioso de ciencia como de todo, pero sin la paciente perseverancia que se requiere para adquirirla. Fray Miguel, si era algo, si algo valía, era como hombre de acción, aunque su poca fortuna o su mucha torpeza le habían extraviado en el camino, encontrando sólo, cuando se cansó y se hartó de andar por él, el desengaño más negro. Aborrecía la vida, pero tenía miedo de la muerte. Así por la época de fe en que vivía como por la natural condición de su espíritu, en la cabeza de Fray Miguel no cabía imaginar que fuera la muerte la aniquilación del individuo, la desaparición de la persona, el olvido de todo. Él veía en el término de su vida mortal, no sueño eterno, sino tránsito a vida nueva. Y no le asustaba tanto el temor de ser condenado y no salvado, cuanto el humillante recelo de ser tan insignificante en la vida futura como en la vida presente, y de que así en el cielo, como en el infierno, se le hiciese poquísimo caso: se le tratase con el mismo desdén con que en este mundo sublunar sus semejantes le habían tratado.

La monotonía y la uniformidad de la vida habían hecho que el tiempo pareciese que pasaba con inaguantable lentitud, según iba pasando; pero, pasado ya, transcurridos los cuarenta años de convento, Fray Miguel volvía la vista atrás y no veía el larguísimo camino que había seguido y la enorme distancia que del punto de partida le separaba. Como no tenía variedad de sucesos con qué llenar, diversificar y distinguir aquella larga serie de años, toda ella le parecía soplo, relámpago fugitivo, desmayo y letargo que al disiparse se lo había llevado todo consigo, esperanzas y proyectos y hasta la posibilidad de forjarlos de nuevo. La horrible vejez había caído sobre él sin sentir. Su cabeza se había cubierto de canas y su rostro de arrugas. Cascada y temblona estaba su voz, sin brío sus brazos, flojas y vacilantes sus piernas. La luz hería y lastimaba sus ojos, sin dejarle ver con distinción, claridad y deleite las formas y los colores. Y aun esta amarga luz, que le ofendía más que le iluminaba, estaba amenazándole con abandonarle para siempre y sumirle en tinieblas. Y ya sabía él por sus experiencias y por sus frustrados conatos anteriores, que por mucho que penetrase y ahondase en estas tinieblas, no lograría romper su duro y tupido velo y bañar su espíritu en el infinito y luminoso mar donde le habían dicho que se bañan las almas, si se reconcentran en ellas mismas y se desprenden de lo terrenal y caduco.

Su vida iba tocando a su fin: hasta entonces había sido lastimosa y estéril, y, sin embargo, él daba inmenso precio a la vida. En esta baja tierra, encerrado nuestro espíritu en este cuerpo mortal y flaco, y asistido y servido por sus órganos durante breve tiempo, que huye para nunca volver, Fray Miguel entendía que era menester conquistar el respeto, la nombradía y el valor y el mérito que por toda una eternidad hemos de poseer, siendo por ello remunerados o castigados, glorificados o despreciados. Tan alta era la importancia que Fray Miguel daba a nuestra existencia efímera y transitoria en este planeta. De mucho dudaba Fray Miguel, en mucho no creía; pero, como roca, cuyo cimiento y raíz se hunde tanto en el seno de la tierra que no hay impetuoso torrente que la derribe y la arrastre, así su firme creencia en el valer de la vida humana, en este mundo, para preparación y prueba y para conquista de otra más alta vida, se conservaba firme y arraigada en su espíritu contra todas las tempestades y contra todas las avenidas de dudas y pasiones que habían pugnado y que pugnaban aún por arrancarla de allí y por sepultarla en la vana región de los sueños.

Cuán enorme no sería el pesar de Fray Miguel, que tamaña importancia atribuía a la vida, al ver que la suya iba ya a consumirse, tocaba a su fin, sin que persistiese más en ella que la energía de atormentarse y de desesperarse.

Si el Padre Ambrosio no se burlaba de él, si no se jactaba en vano, si por medio de sus artes mágicas podía volverle la mocedad, Fray Miguel estaba seguro de que sabría aprovecharla y no perderla sin fruto como había perdido la mocedad pasada. Ahora tenía él más claro concepto del valor de la vida y de los fines a que podía y debía aspirar en el mundo. La ociosa y larga meditación de sus cuarenta años de vida claustral, las estupendas novedades y sucesos cuya resonancia había llegado a conmoverle y alborotarle en su retiro, la explicación que el Padre Ambrosio hacía de todo y de que él se había penetrado con pasmo oyendo sus discursos, todo le persuadía de que se mostraba ante sus ojos el blanco a donde le importaba dirigir la mira, el digno empleo de su resucitada actividad, la misión que le tocaba cumplir secundando el propósito y cooperando al plan de la Providencia.

Con lógica inconsecuencia, Fray Miguel estaba lleno de dudas, y por momentos de negaciones, cuando en lo interior de su propio ser buscaba la verdad; pero, no bien su pensamiento salía fuera de sí y se extendía sobre la faz de la tierra, todo era en Fray Miguel fe y esperanza en los sublimes destinos del humano linaje y en el papel principal y brillante que le tocaba hacer a su pueblo. La fe del Padre Ambrosio había sido como llama voraz que había incendiado su alma haciéndola de luz y de fuego. El entusiasmo le poseía, pero hasta entonces la envidia, nacida a par del entusiasmo, le había desgarrado el pecho y le había devorado las entrañas. Vivir y morir en la obscuridad y en la inercia cuando tan grandes cosas realizaba el esfuerzo de los hombres, para Fray Miguel era insufrible. Resolvió, pues, someterse a todas las pruebas y a todas las operaciones mágicas de que el Padre Ambrosio había hablado a fin de remozarse y de lanzarse de nuevo en la palestra y tomar parte en la lucha. La agitación y el estruendo de esta lucha penetraba en el claustro, rompían su silencio, llamaba a la puerta de su celda y le excitaba y le convidaba a armarse y a ir al combate. Se le antojaba a veces que resonaba en sus oídos como la trompeta del día del juicio y que le resucitaba de entre los muertos.