El portentoso poema épico que el Padre Ambrosio fantaseaba en sus discursos iba verificándose y desarrollándose en la consistente realidad de la historia, y Fray Miguel no se contentaba con ser oyente o lector del poema, sino que anhelaba ser uno de sus héroes. Y ora fuese por severidad de juicio, ora porque Fray Miguel no quería que ningún individuo descollase mucho sobre él, Fray Miguel ponía como héroe principal del poema a todo su pueblo, mirándole como pueblo elegido, como nuevo pueblo de Dios que había de vencer a todos los enemigos de su ley, que había de arrostrar todos los peligros y que había de dar cima a mil inauditas empresas.
Fray Miguel no veía ni se forjaba en la mente un campeón que todo lo dirigiese y que se llevase la palma. Por bajo del pueblo estaban o surgían todos los campeones. Alborotados los reinos de Castilla y Valencia por las comunidades y germanías, allá en su pensar sigiloso Fray Miguel no estimaba mucho al joven, extranjero y ausente Emperador. Sospechaba que había de heredar algo de la extravagante locura materna y de la ligera futilidad de su padre, y que una inquietud sin propósito había de tejer la tela de su vida. Pero el pueblo español era grande, y de su seno surgirían adalides que venciesen y dominasen. Ellos derrotarían al turco, que amenazaba la cristiandad; ellos, con armas temporales y espirituales, lograrían sofocar la herejía que estaba naciendo en Alemania y que, barbarie mental, ansiaba derrocar el imperio de Roma en los espíritus, como los antiguos bárbaros habían destruido el imperio material de Roma. España, con sus héroes y con sus santos, había de sostener y conservar la unidad divina que informa y da vigor a la civilización europea. Y esta civilización poderosa y benéfica había de continuar difundiéndose por todos los climas y regiones, tierras y mares del mundo que habitamos.
Fray Miguel había ya oído hablar con horror y sabía las audacias del fraile Martín Lutero y sus propósitos infernales; pero, en el fervoroso espíritu de Fray Miguel, estaba ya la convicción profunda de que Dios había suscitado en España un gigantesco contrario al sajón heresiarca para arrebatarle sus conquistas. Entre tanto seguían extendiéndose magnificándose las de nuestra fe y nuestras armas en los más apartados y hasta entonces inexplorados países y entre gentes infieles y selváticas, alucinadas por el demonio y entregadas a crueles supersticiones y a monstruosos y nefandos ritos. A esta difusión de la luz y de la verdad, aunque más por medio de las armas que por medio de vanos discursos, se consideraba llamado y predestinado Fray Miguel, en cuanto el Padre Ambrosio realizase en él el prometido milagro de remozarle.
Fray Miguel acudió, pues, a la celda del Padre Ambrosio, resuelto a todo, y en la noche y en la hora convenidas.
-X-
El Padre Ambrosio estaba aguardándole. Saludó a Fray Miguel con una leve inclinación de cabeza, y sin decir palabra, le indicó que le siguiese. Ambos subieron por la escalera de caracol a la ancha cámara que ya conocemos.
Todo estaba en ella como lo hemos descrito antes. Sólo había tres objetos que por su novedad llamaron en seguida la atención de Fray Miguel. En la chimenea, en vez de no haber más que rescoldo y cenizas, ardía bastante leña que levantaba llamas, en cuyo centro, sobre unas trébedes se veía una retorta de cobre donde empezaba a hervir un líquido. El tubo encorvado, con que terminaba la cobertera de aquel pequeño alambique, iba a parar a una urna de vidrio suspendida en la pared y llena de agua clara. Dentro de la urna o refriante se veían las roscas de la culebra de metal. La cabeza de la culebra aparecía fuera de la urna en su parte baja.
No lejos de la chimenea estaba por el suelo un féretro abierto y vacío. Y por último, ocupado en mullir y arreglar los almohadones, donde había de reposar la cabeza la persona que en el féretro se encerrase, estaba el hermano Tiburcio, predilecto y aprovechado discípulo del Padre Ambrosio.
Encarándose este con Fray Miguel, apenas dejó caer la compuerta por donde había entrado, le dijo con gravedad solemne: