—Si fuera lícito valerse de palabras sagradas, aplicándolas a lo profano, con el único propósito de hacerse entender mejor, yo me atrevería a decirte, a fin de inspirarte denuedo y a fin de infundirte omnímoda confianza en mí, que yo soy resurrección y vida, y que si crees en mí, vivirás, cuando mueras.
—A todo estoy dispuesto. Mátame, si es necesario o conveniente a nuestros fines.
—A decir verdad y desechando toda jactancia, la muerte que yo te dé ha de ser aparente y no real. La virtud de volver a la vida a quien la pierde no es dada aún, ni acaso sea dada nunca, a la ciencia meramente natural y humana. Y yo, conviene que así lo entiendas, no acudo ni quiero ni puedo acudir a medios sobrenaturales para obrar mis prodigios. Mi magia es toda natural y lícita, aunque es de dos maneras: la que se funda en el conocimiento de hierbas, de drogas y de otros recursos enteramente materiales, en la cual está instruido el hermano Tiburcio, que como ves ha venido a ayudarme, y la magia superior, incomunicable y pura, cuyo poder estriba en el centro del espíritu, en el ápice de la mente, en la raíz misma por donde nuestro limitado pensamiento, no sólo toca, sino está asido a lo infinito. De esta más elevada ciencia, aunque todavía natural y nada más que humana, el hermano Tiburcio tiene pocas nociones. Yo sólo soy aquí quien la posee. De ella depende el éxito de mi empresa. Y no debo ocultarte que si bien tengo yo el éxito por seguro, reconozco modestamente que puede engañarme el amor propio. Si así fuese, si el amor propio me engañase, yo te mataría sin querer, pero te mataría. Ya ves a lo que me aventuro. ¿Quieres tú también aventurarte?
—Quiero—contestó sin arrogancia y con tranquilidad Fray Miguel.
—Para el rejuvenecimiento—continuó el Padre Ambrosio—que ha de verificarse en ti, se requiere algo parecido a la muerte, aunque no sea muerte. ¿Te sometes a ello?
—Me someto.
—Pues bien, dentro de poco te sumiré en letargo profundísimo; el hermano Tiburcio y yo te ungiremos las sienes y la frente con un precioso bálsamo, te tenderemos y te encerraremos en ese féretro que miras abierto en el suelo; y al cabo de poco, si no son falsas mis teorías, aunque nunca corroboradas aún por la experiencia, así como la crisálida rompe la tela que la envuelve y sale convertida en mariposa, aparecerás tú, mozo robusto y capaz, si tienes brío en el alma, de acometer y de dar cima a las empresas más arriesgadas y espantables. Veo con satisfacción que estás muy animado. Ya no dudo de tus bríos espirituales. Pero, aunque el espíritu sea fuerte, la carne flaquea, y es menester que se fortalezca tu mísera carne. Así, antes de remozarte, a par que sientas el deseo en el alma sentirás en tu cuerpo debilitado ya por los años el prurito de que se remoce. Para ello has a tomar una poción preparatoria, sabiamente compuesta de substancias eficacísimas, con tal habilidad y tino combinadas y templadas que no se neutralizan sus encontrados efectos, sino que se armonizan y conspiran todos al mismo fin.
Dirigiose entonces el Padre Ambrosio, hacia un ángulo de la estancia donde había un pequeño velador y sobre él una bandeja, un jarro y una ancha copa de plata. Llenó luego la copa del líquido que el jarro contenía, y llamando a Fray Miguel y dándosela para que bebiese le dijo:
—Con esto se fortalecerá tu cuerpo y se hará apto para las operaciones ulteriores. Es un elixir exquisito, en cuya composición entran el nepenthes que dio Elena a Telémaco para disipar su melancolía; la flor del cáñamo de la India; el soma o licor divino de los antiguos brahmanes; el hongo de Siberia que infunde furor bélico, y el zumo de las mandrágoras, con que Lía amó y deseó con mayor vehemencia a Jacob y se hizo de él amada y deseada.
Fray Miguel tomó la copa, y, casi de un solo trago, apuró todo el licor que contenía.