El hermano Tiburcio que lo presenciaba y miraba todo en silencio, aproximó un taburete e indicó por señas a Fray Miguel, que en él se sentase. En seguida tomó en los dedos cierto linimento oloroso, que había en un pomito de vidrio, y ungió con él lo más alto de la cabeza, la frente y las sienes del fraile.
Mientras se verificaba la untura, el Padre Ambrosio, recitó no corta serie de palabras y frases, al parecer de un lenguaje exótico y punto menos que inaudito. Al extraño son de aquellas palabras, o acaso por obra del linimento, Fray Miguel imaginó que todo brincaba y giraba en torno suyo con rapidez vertiginosa; que los muros y el suelo se estremecían y amenazaban derrumbarse, y que el edificio no estaba parado y fijo sobre su cimiento, sino que iba lanzado por el espacio sin límites.
Por dicha, cesó pronto en el cerebro de Fray Miguel, aquel a modo de mareo. Y, terminada también la serie de conjuros ininteligibles, oyó que el Padre Ambrosio le decía:
—No es todo alucinación mental lo que acabas de experimentar ahora. En gran parte, es efecto de las palabras mágicas que he pronunciado. Nada sin embargo más natural. No receles artes ni prestigios diabólicos. Las palabras que he pronunciado ignoro yo lo que significan, pero me consta que nada hay en ellas de pecaminoso. Se han ido conservando por tradición oral entre varones piadosos aficionados a la magia lícita, y son palabras del idioma primitivo que se hablaba mucho antes de Abraham, en Ur de los caldeos, y aun antes, en el imperio que fundó Nemrod en el centro del Asia. La clave de este idioma se perdió siglos ha, y acaso no vuelva nunca a encontrarse. Yo he oído referir que un antiguo rey de Nínive, llamado Asurbanipal, siete siglos antes de nuestra era, formó una biblioteca de libros escritos en esta lengua, que era ya una lengua muerta, como el latín hoy entre nosotros. Pero los libros reunidos por Asurbanipal, sepultados hoy entre las ruinas y escombros de antiquísima ciudad y regio alcázar, eran ya de una época de gran decadencia, cuando el mencionado primitivo idioma estaba corrompidísimo, y la alta filosofía que le había informado viciada y cuajada de supersticiones. En cambio, las palabras que yo he dicho son del idioma primitivo y puro, y no son signos arbitrarios, sino que tienen relación íntima y substancial con los objetos que expresan o designan. De aquí el alboroto, la agitación y el tumulto de todas las cosas creadas cuando tales palabras se pronuncian. Juzgo de mi deber explicarte todo esto para que no te des a sospechar que soy brujo, que me valgo de prestigios o que ando en tratos con el diablo. Aunque peque yo de sobrado llano y pedestre, diré para mayor claridad, que juego limpio.
Fray Miguel estaba tan impaciente y tan ansioso ya de rejuvenecerse, que las explicaciones del Padre Ambrosio le parecían inútiles y le cansaban. Por el debido respeto, sin embargo, no se atrevió a dar la menor señal de impaciencia.
El Padre Ambrosio se complacía en perorar y prosiguió de esta suerte:
—Ten calma y espera. La destilación del maravilloso filtro, que va a remozarte, se está verificando en ese pequeño alambique. Apenas empiece a salir por la boca de la culebra la refinada quinta esencia, acudiré a recogerla en la misma copa en que bebiste la poción preparatoria, y tú la beberás sin vacilar.
—La beberé con ansia—contestó Fray Miguel—para apagar la sed de vida y de juventud que me devora.
—Todavía me incumbe decirte—interpuso el Padre—que no quiero, cuando te remoces, dejarte ir solo por esos mundos de Dios. Deseo que lleves en tu compañía a alguien de toda mi confianza, que sabrá, sin duda, conquistar la tuya y que vendrá a ser como tu criado, paje, escudero y secretario todo en una pieza.
—¿Y quién va a ser ese acompañante que me designas?