—El hermano Tiburcio que está presente—contestó el Padre Ambrosio—. Más gana tiene él de correr mundo que de estar metido en su celda. Con todo, no es esta la razón que me induce a que el hermano Tiburcio te acompañe. Los caballeros que salen en busca de aventuras llevan siempre escuderos y tú no has de infringir esta ley o esta costumbre. En cuantas historias conozco de hombres que para medrar o para divertirse y holgarse se han dado al diablo, el diablo figura después constantemente al lado de ellos como ayudante o espolique, y tú no has de ser menos aunque distes muchísimo de haberte dado al diablo. Tendrás, pues, escudero, aunque natural y humano. El hermano Tiburcio, si bien es un mozuelo barbilampiño, sabe más que el diablo y te valdrá de mucho. Por otra parte, yo he observado que tú eres sobrado serio y esta seriedad continua a la larga a ti mismo te aburriría. Importa, pues, que la temple y modere un sujeto algo cómico y jocoso, como lo será el mencionado hermano. Jovial será él, si tú saturnino, y juntos recibiréis combinado el influjo mirífico de los dos más poderosos planetas. He pensado además que necesito tener con frecuencia noticias tuyas, satisfacer mi curiosidad y ver cómo va saliendo esta experiencia que ahora hago. En las venideras edades sé yo que inventarán los hombres medios ingeniosos para ponerse en comunicación con la rapidez del rayo y dirigirse la palabra desde un extremo a otro de la tierra. Pero tales inventos distan mucho aún de verse realizados y de ser vulgares. Sólo los iniciados en mi ciencia oculta se entienden ya y se hablan desde muy lejos, sin aparato alguno físico ni mecánico, sino por el arte y la fuerza del alma. El hermano Tiburcio, irá pues contigo también, para que se entienda conmigo y me informe de todo. Y por último, si tú acometes altas empresas, las llevas a cabo y vences y triunfas, no quiero yo que todo esto se ignore, se sepa mal o se olvide, y el hermano Tiburcio, que es un buen letrado, te acompañará para ponerlo por escrito con el mayor esmero y legarlo a la posteridad más remota. Será para ti, válgame como ejemplo, lo que para Don Pedro Niño, valeroso y galante Conde de Buelna, fue Gutierre Díez de Games, su alférez.

A este punto de su algo prolija disertación llegó el Padre Ambrosio, cuando empezó a manar por la piquera del alambique, el líquido destilado. Sin darse un instante de vagar, tomó el Padre la copa de plata, se acercó a la piquera, la llenó del líquido y se le dio a beber a Fray Miguel sin decir más palabra.

En silencio también, sin susto y con ansia, Fray Miguel se llevó la copa a los labios y bebió el licor que había en ella.

El efecto fue rápido y terrible. A Fray Miguel se le trabó la lengua y no pudo exhalar ni queja ni suspiro. Palidez mortal cubrió su rostro. A los pocos instantes cayó como herido del rayo. Y sin duda hubiera dado en tierra de golpe, si el Padre Ambrosio y el hermano Tiburcio, apercibidos ya para el caso, no le hubiesen sostenido.

Todo el cuerpo de Fray Miguel, adquirió de súbito una rigidez más que cadavérica. No parecía ya de carne sino de madera o de barro.

El Padre Ambrosio, no obstante, tuvo a tiempo la precaución de cruzar a Fray Miguel las manos sobre el pecho.

El hermano Tiburcio tomó por la espalda a Fray Miguel. Por los pies le levantó el Padre Ambrosio. Ambos le llevaron al féretro y allí le dejaron tendido.

Juan Valera


Las aventuras