Dirigiéndose el Rey al anciano desconocido, le preguntó:

—¿Y tú quién eres y de dónde sales, viniendo a perturbar la alegría y la paz de Lisboa en ocasión tan solemne?

Con serenidad y desenfado respetuoso y en correcta y elegante lengua portuguesa, el anciano contestó al Rey:

—Yo señor, he nacido en Lisboa. Aquí he pasado los mejores años de mi vida. Las saudades de mi ciudad natal y (¿por qué he de negárselo a Vuestra Alteza?) negocios importantes de mi casa me han hecho volver a Portugal, que abandoné muy niño, cuando ya estoy viejo, aunque más abrumado por los pesares que por los años. Pensaba yo permanecer en Portugal muy poco tiempo, y no recelaba que nadie me reconociese, descubriendo y divulgando mi nombre, mi religión y mi casta, tan aborrecida hoy en España toda. Por desgracia no ha sido así. Interesados enemigos míos me han reconocido, han hecho correr la voz entre el vulgo de que soy israelita y han causado el atropello de que yo hubiera sido víctima, si estos nobles caballeros no me socorren.

—¿Y cuáles son tu condición y tu nombre?—preguntó el Rey.

Temeroso de que no le diesen crédito, vaciló en declararlos el anciano.

García de Resende, que acompañaba al Rey y no estaba muy lejos, se acercó entonces y dijo:

—Bien puede Vuestra Alteza estar satisfecho de que este anciano haya quedado libre de toda injuria. No sólo es portugués, sino uno de aquellos portugueses que dan más gloria a Portugal en esta nuestra edad para Portugal tan gloriosa.

Y dirigiéndose luego al anciano y alargándole la diestra para estrechar amistosamente la suya, añadió el ínclito trovador:

—¿Te has olvidado acaso de mí y del amistoso lazo con que nos unimos en Roma y de las largas pláticas que allí teníamos, cuando estuve yo como Secretario de la pomposa Embajada de Tristán de Acuña?