—¿Cómo había yo de olvidarme de García de Resende?—respondió el interrogado—. Yo no podía olvidar a uno de mis mejores amigos, cuyo Cancionero además, regalado por él, hace mi delicia y me vale, leyéndole, para conservar y perfeccionar en mi alma la lengua portuguesa, que fue la primera que hablé.
—Pero a todo esto—exclamó el Rey con impaciencia y encarándose con el anciano—tú no acabas de decirme quién eres.
—Perdona mi tardanza, señor.
Y añadió luego, echándose a los pies del Rey:
—Yo soy el hijo de un leal criado de tu heroico antecesor Alfonso V el Africano. Yo soy Judas Abravanel, más conocido hoy en el mundo con el nombre de León Hebreo.
Apenas Judas Abravanel hubo pronunciado estas palabras, muchos de la comitiva, y particularmente las damas, le cercaron para contemplarle y aplaudirle. Sus discretísimos Diálogos de amor eran muy admirados en la corte. La Reina, la Infanta doña Beatriz y otras muy sabias señoras se deleitaban leyendo en italiano aquellas tan sublimes filosofías. Todas, pues, se dieron el parabién de que León Hebreo no hubiera sido gravemente ofendido.
El Rey, no sin meditar para mejor ocasión algo en desagravio y obsequio de León Hebreo, hizo que, por lo pronto, dos de su guardia de a pie le acompañasen y le escoltasen hasta su posada.
Aunque Damián de Goes había dicho al Rey los nombres de los dos aventureros castellanos que habían tomado la defensa del ilustre filósofo israelita, el Rey, por distracción fingida o verdadera, y acaso por estar depriesa, no les dirigió la palabra y aparentó no fijar la atención en ellos. Conocedor de las más notables alcurnias y casas de la nobleza castellana, los apellidos de Zuheros y de Simahonda sonaron mal y sordamente en sus oídos.
Harto contrariado se sintió de esto Morsamor. No valía la pena de remozarse y de aparecer otra vez en el mundo como resucitando o resurgiendo a nueva vida para que le desdeñasen y le hiciesen tan poquísimo caso como en la vida antigua. Un reniego, apenas articulado, brotó de sus labios. Morsamor, no obstante, se repuso y disimuló su enojo, pero Tiburcio no dejó de notarlo y le dijo en voz baja:
—No pierdas paciencia, y ya verás cómo pronto te es propicia la fortuna.