En efecto, o por benevolencia, o porque los dos aventureros le eran simpáticos, o para mitigar el desdén o descuido del Rey, Damián de Goes estuvo afabilísimo con ellos y los movió a seguirle a la iglesia del Carmen, en pos de la comitiva del Rey.
Contrariado y triste se mostraba Damián de Goes, que era muy humano y benigno, de la feroz conducta que había tenido la plebe lisbonense con Judas Abravanel. Esto retrajo a su memoria la horrible matanza de judíos que pocos años antes, siendo él todavía muchacho, había hecho la plebe de Lisboa, fanatizada y enfurecida por algunos frailes y secundada por marineros de diversos países de cuantos barcos estaban anclados en el Tajo. Tres días duraron el saqueo y la matanza. Más de quinientos judíos murieron quemados, y degollados cerca de dos mil. El hedor de la carne chamuscada, de los cadáveres insepultos y de la sangre corrompida infectaba el aire. El Rey Don Manuel el Dichoso se hallaba entonces en Évora. Cuando volvió a su capital castigó, severamente justo, tan cruel infamia, haciendo ahorcar a varios de los amotinados y a dos o tres de los frailes instigadores. Los judíos portugueses, y no pocos de los expulsados de Castilla que en Portugal se habían refugiado, con mayor recelo del rencor de la plebe que confianza en el escarmiento que pudo causar el castigo, no osaban desde entonces aparecer en público en días de fiesta y solemnidad religiosa. Lamentable imprudencia había sido la de León Hebreo.
Pensando casi en alta voz, y según iban subiendo a la iglesia del Carmen, el futuro historiador del Rey Don Manuel, más excitado por el amor de la humanidad que por el amor de la patria, deploraba y condenaba la ferocidad de sus compatriotas contemporáneos así contra los judíos en Portugal como allá en la India contra las diversas gentes, musulmanas y gentiles, que iban venciendo y sujetando.
Nuestro Tiburcio, que iba al lado de Damián de Goes, procuró consolarle diciendo de esta manera:
—No os apesadumbréis tanto, mi buen señor, por lo tremendos y feroces que suelen mostrarse en el día los hombres de esta península, engreídos por sus triunfos y por su predominio en la tierra. Al cabo, no sin piadoso designio, entiendo yo que ha dispuesto la Providencia que sean las naciones de Aragón, Portugal y Castilla las que prevalezcan y descuellen en esta edad, todavía algo bárbara y de costumbres poco suaves. El sentimiento y la creencia de la fraternidad y de la igualdad humanas están más hondamente arraigados y grabados en el corazón y en la mente de los pueblos del Mediodía de Europa que en el corazón y en la mente de los pueblos del Norte. No hay castellano, ni portugués, que se juzgue de una raza superior; que deje de tener por hermanos suyos a los demás hombres; pero a veces la codicia rompe este lazo fraternal, y por robar se mata, y a veces una caridad mal entendida mueve al creyente celoso a infligir duras penas temporales con el intento y buen propósito de sacar del poder del diablo y de libertar de las penas eternas a los que están dados al diablo y son sus esclavos. Confieso que lo dicho tiene inconvenientes enormes, pero aún sería incomparablemente peor si fuese un pueblo más soberbio quien hoy predominara. Dentro de dos o tres siglos, cuando el corazón humano se ablande mucho con la cultura, acaso sean los pueblos del Norte los que predominen sin los horrores y estragos que hoy causaría su predominio. En el engreimiento del triunfo, tendrían por evidente que eran una raza superior y nos exterminarían a todos sus prójimos no creyéndonos tales. Dentro de dos o tres siglos, según ya he dicho, la culta filantropía no consentirá tan horrible caso. Lo más que podrá ocurrir, será que con su desdén orgulloso abatan y hundan en la abyección a los pueblos de que se enseñoreen, y que tal vez, predicándoles y enseñándoles doctrinas religiosas contrarias a la fe católica, sin el esplendor artístico y sin la pompa de sus ritos y con un concepto tremendo y duro de la justicia divina, no templada por la misericordia, entristezcan y desesperen a sus catecúmenos y los hagan morir de aburrimiento. Así presumirán ellos que, sin crueldad, van despejando de razas inferiores la superficie de nuestro planeta para que se extienda por toda ella, crezca y se multiplique la raza superior a que pertenecen.
La extraña teoría de Tiburcio no convenció a Damián de Goes, pero le hizo reír; y si no la halló verdadera, la halló chistosa.
Morsamor, distraído y taciturno, no prestó atención a lo que Tiburcio decía.
Así llegaron a la puerta de la iglesia del Carmen, y, encomendando sus caballos a sendos palafreneros de la Casa Real, que los tuvieron de la brida, entraron en la iglesia, donde se hallaban ya el Rey y todo su séquito.