Aún no hermoseaban a Cintra los espléndidos bosques de camelias que le prestan hoy tan singular atractivo. En la más elevada cumbre de sus montes no resplandecía aún restaurado el castillo que llaman de la Peña, donde el maravilloso ingenio artístico del Rey D. Fernando, consorte de doña María de la Gloria, ha mostrado su inspiración y lucido su inventiva, labrando la piedra con mil primorosos caprichos y dando ser a un extraño monumento arquitectónico que más que de hombres parece vivienda de silfos y de hadas.
Cintra, no obstante, era entonces tan encantadora como en el día. Aquellos cerros, que estriban en el Atlántico y forman el promontorio más occidental de Europa, parecían tener, en edad de tanto predominio y triunfo de los portugueses, un simbólico significado; eran el trono de flores y de perenne verdura, donde había venido a sentarse el Genio de Portugal para derramar luz sobre el Mar Tenebroso, abrir nunca hollados caminos y extender su conocimiento y su dominación por los más apartados países y entre los más diversos pueblos.
Flora y Pales han prodigado sus tesoros en aquellos sitios. Arroyos de agua cristalina fecundan por donde quiera el suelo y dan grata frescura al ambiente, embalsamado por la esencia olorosa de una vegetación exuberante. Árboles lozanos y gigantescos crecen hasta en los más elevados picos, arraigan hasta en las hendiduras de las peñas y forman enramadas y verde bóveda sobre los mil senderos y veredas que cruzan los valles y que serpentean por la falda de los cerros, dibujándose como bordado de oro sobre el florido manto y sobre la mullida alfombra de hierba fresca que por todas partes se extiende.
Además del regio alcázar, ya había entonces en Cintra no pocos palacios y quintas de particulares ricos y no faltaban hospederías donde los extranjeros pudieran albergarse.
-VI-
Doña Sol y algunas otras damas de palacio habían acompañado a la Reina a Cintra. Natural era que hubiesen acudido allí también los galanes que a estas damas servían.
Algo me incumbe decir aquí de que me pesa por dos razones. Es la primera, que lo que yo diga como historiador verídico redunda quizá en menoscabo, aunque ligero, de la alta opinión que de doña Sol debe tenerse. Y es la segunda que no acierto a decirlo, sin grandes rodeos y perífrasis, a no valerme de términos o vocablos disonantes por su anacronismo.
Nadie ignora en el día lo que significa coquetear. Otro verbo novísimo se va introduciendo ya en nuestro idioma, verbo que no sé bien si expresa la misma acción del coqueteo o si tiene un leve diferente matiz, que se opone a la completa sinonimia. Flirtear es el verbo novísimo.
Permítaseme, pues, que, desechando mis escrúpulos morales y lingüísticos, me atreva a declarar aquí que doña Sol era muy inclinada a coquetear o a flirtear y que con Morsamor había coqueteado o flirteado mucho.