—¿Quién sabe?—dijo Tiburcio—. Posible es que tenga yo algo de diablo, pero, aun así, yo sería siempre un diablo muy puesto en razón y muy juicioso.
Sin enojo oyó Morsamor las amonestaciones de Tiburcio, pero no atendió a sus consejos y siguió pretendiendo y rindiendo culto a doña Sol de Quiñones.
En las justas figuró con brillantez y lució la empresa que él mismo nos ha descrito.
Hubo en palacio otra magnífica fiesta. El egregio poeta Gil Vicente había compuesto un auto alegórico y mitológico para celebrar la boda de la Infanta y desearle toda ventura en su viaje a los Estados de su esposo. El auto se representó en palacio con gran lujo y primor en los adornos y vestimentas de cuantos farsantes figuraron en él.
Nada menos que la Divina Providencia toma las convenientes medidas y lo apercibe todo para que la navegación de la recién desposada sea próspera, decorosa y grata. A este fin llama a Júpiter y le encomienda el asunto. Júpiter entonces convoca y reúne a las divinidades de los mares y de los vientos y con ellas arregla y ordena tan benignamente las cosas que la Infanta puede llegar al puerto de Villafranca, sana, salva y complacida, como llegó en efecto.
El lindo y candoroso auto de Gil Vicente se titula Cortes de Júpiter, y fue muy aplaudido por el noble auditorio. Pero, en medio de los aplausos, no faltaron cortesanos y damas que en voz baja hablasen de un sujeto cuya ausencia no extrañaban aunque hacían sobre ella comentarios, tal vez piadosos, tal vez malignos.
Era este sujeto el trovador Bernardín Riveiro, estimado como nuevo Macías. Nadie ignoraba su audacia, su fervoroso amor a doña Beatriz. Y no pocos creían que ella había correspondido a aquel amor con afecto tan puro como vehemente. Por cierta se daba la desesperación de Bernardín Riveiro al ver que iba a ausentarse el alto objeto de su adoración y de su culto. ¿Dónde habría ido Bernardín Riveiro a ocultar su dolor o más bien a darle en la soledad rienda suelta? Esto se preguntaban los caballeros y las damas, si bien se lo preguntaban como profundo misterio que todos sin embargo sabían. De lo que tal vez se dudaba era de si compartía doña Beatriz la pena del trovador, de si engreída con la pompa nupcial y con su triunfo, no se cuidaba de aquella pena o de si la convertía en su corazón en melancolía suave, en algo a modo de ensueño dulce, triste y vago que la brillante realidad iba desvaneciendo como se desvanece la pálida luz de las estrellas ante el alegre esplendor de la rosada aurora.
Como quiera que fuese, la Infanta doña Beatriz, acompañada de los embajadores, de su esposo y de gran comitiva de damas y de señores ilustres de la primera nobleza de Portugal, partió al fin de Lisboa para Villafranca de Niza. El Rey, su padre, y la señora Reina fueron embarcados hasta el convento de Belén para despedirla. Y de allí zarpó la magnífica armada de dieciocho bajeles, tan poderosos y bien artillados que, como dice Gil Vicente en su auto, no podían menos de hacer temblar al turco.
A poco de la partida de la Infanta doña Beatriz, la corte se fue a Cintra, deliciosa residencia de verano.
Morsamor, como gran forastero, siguió a la corte, acompañado de su doncel Tiburcio.