Consultado sobre el caso a Tiburcio, que de todo entendía, Tiburcio hubo de decirle que no le parecía mal su propósito, con tal de que la empresa no fuese sobrado jactanciosa, ni tampoco muy clara ni muy obscura, sino dotada de la discreción conveniente y con lema, mote o divisa de notable concisión y más bien en latín que en idioma moderno.

Tiburcio añadió luego:

—Esto de las empresas es usanza muy agradable y muy seguida en el día. No hay príncipe, ni monarca, ni valiente y enamorado caballero que no guste ahora de salir luciendo alguna empresa, ya en su sobreveste, ya en su bandera o estandarte, ya en la cimera de su yelmo. Algunas de estas empresas han sido y son muy celebradas por el tino y primor con que expresan el pensamiento, la intención o el valer de quien las usa. De aquí que varones muy doctos no han desdeñado inventarlas, sino que lo han tenido a mucha gloria. De Antonio de Nebrija, egregio maestro en Castilla de letras humanas, se cuenta que inventó la empresa del Rey D. Fernando el Católico, la cual era el nudo gordiano, desbaratado y roto por la mano y espada de Alejandro, con un letrero que decía: Tanto monta, o sea que es lo mismo romper que desatar. Y más tarde el Sr. Luis Marliani, Obispo de Tuy y médico y matemático insigne, inventó empresa todavía mejor, para el César Carlos V, reemplazando el eslabón de Carlos el Atrevido, Duque de Borgoña. Y fue y es la tal empresa la representación de las columnas de Hércules, con esta letra: Plus ultra; breves, elocuentes y sublimes palabras, que evocan en la mente de quien las lee la inmensidad del Océano, las islas y los continentes incógnitos, el nuevo mundo en suma, descubierto y dominado por la tenacidad, la osadía y la ventura de los hijos de Iberia. Empresas políticas son estas; pero también los galanes enamorados han solido inventar en ocasiones muy graciosas y gentiles empresas. Veamos si a ti se te ha ocurrido alguna que merezca elogio y que convenga a tus fines.

Morsamor contestó:

—En verdad, se me ha ocurrido una empresa, que me parece bien. Si peca por algo, es por ser sobrado clara. Pongo yo un campo dividido en quiñones o suertes, pero que nadie puede cultivar ni gozar porque le rodea una salamandra que en torno del campo se enrosca. Y en el centro hay un sol de oro cuyos rayos enamoran a la salamandra a par que la queman. Y de la boca de la salamandra sale una cinta que va hacia el sol y lleva este escrito: En ti vivo, muero y ardo.

Tiburcio no pudo menos de hallar la empresa sutil e ingeniosa; pero como era muy franco y decía su parecer sin rodeos y aconsejaba con toda libertad, habló a Morsamor de esta suerte:

—De perlas encuentro yo todo eso. He de permitirme, no obstante, hacer algunas observaciones, y aun de atreverme a aconsejarte y amonestarte, pues aunque novicio y más joven que tú, soy como el apoderado y representante del sapientísimo Padre Ambrosio, en cuyo nombre hablo. Declaro, pues, en su nombre, que estos enamoramientos son un tanto cuanto pueriles y pueden ser perjudiciales. ¿Has venido acaso a nueva vida por la virtud pasmosa de la ciencia para volver a las andadas e incurrir (perdóname que así las califique) en las mismas locuras y sandeces de tu vida anterior? Tú te has remozado para acometer grandes empresas que honren y glorifiquen a ti y a todo el linaje humano y no para enamorarte como un bobo de una damisela entonada y cogotuda que acabará por apartarse de sí con melindroso desprecio cuando se satisfaga y harte su amor propio de recibir adoraciones. Si yo creyese como Pitágoras que las almas transmigran y que van sucesivamente informando distintos cuerpos, lo que recelo que pasa en ti, me inclinaría a entender que de nada vale la tal transmigración para el adelanto de las almas. Aunque tuviésemos siete vidas como los gatos, haríamos en la séptima simplezas no menores que en la primera y daríamos idénticos tropiezos y caídas. Nada censuraría yo si se limitasen estos amoríos a ser un galante y fugaz pasatiempo, pero los hallo muy mal si son serios. El inaudito esfuerzo que el Padre Ambrosio hizo para remozarte, no debe tener tan mezquino resultado.

—Tu amonestación—contestó Miguel de Zuheros—es infundada y hasta perversa. Blasfemas calificando de sandio y de mezquino al amor, germen fecundo de virtudes y de grandes acciones. Acuérdate de la divina fábula de Esopo. Amor bajó del Olimpo para consolar al linaje humano. En el banquete de los dioses faltó la antigua alegría porque Amor estaba ausente. Amor volvió entonces al cielo y rara vez y muy de pasada acude al mundo, donde sus menores hermanos, hijos de las ninfas, toman su apariencia y le imitan hiriendo las almas vulgares. Pero el verdadero y celeste Amor hiere las almas escogidas, e hiriéndolas, las habilita y dispone para llevar a cabo las más altas hazañas. De este celeste Amor imagino y pretendo yo estar herido. ¿En qué contraría, en qué desluce o esteriliza semejante enamoramiento el propósito que pudo tener el Padre Ambrosio al remozarme?

—Mucho podría yo argumentar en contra—replicó Tiburcio—. Para impulso de grandes hazañas, preferiría yo en ti el amor de la gloria, el de la patria, el de todo el humano linaje, el de Dios mismo y no el de una mujer cualquiera. Tal amor tiene no poco de idolatría. Tú te le finges espiritual y alambicado, mas yo sospecho que no lo es. Yo le creo nacido del consorcio de tu vanidad mundana con cierto prurito que proviene sin duda de que al Padre Ambrosio se le fue la mano cuando compuso la poción preparatoria que te propinó antes de remozarte, vertiendo en ella en demasía cierto ingrediente: el zumo de las mandrágoras con que Lía apartaba a Jacob de Raquel y le atraía a su regazo.

—Inverosímil parece—interpuso Morsamor—que tú, siendo tan mozo, dudes de lo verdaderamente poético o más bien lo niegues, entregándote a cavilaciones diabólicas.