—Quedaos aquí, señor Morsamor, que pronto vendrá quien os alegre y se alegre de veros.
Y dicho esto, sin que hubiese vagar para contestación o pregunta, desaparecieron Teletusa y Tiburcio con ella, dejando a Morsamor solo.
Solo ya, recapacitó Morsamor sobre lo que había hecho y casi se arrepintió y se afligió de su viciosa ligereza. Indigno del héroe que él anhelaba ser, hallaba aquel tan ruin comienzo de altas caballerías: entrar con engañoso recato en casa ajena como ladrón astuto, y todo para alcanzar los venales y fáciles favores de una cortesana.
Donna Olimpia tardaba en venir, y con la soledad y, con la impaciencia crecía en Morsamor el disgusto de haber cedido a los propósitos de su doncel, tan juicioso cuando hablaba en contra de las locuras sublimes, como ligero y hasta cínico cuando se trataba de otra clase de locuras.
Contrariado Morsamor, se sentó en una silla en el rincón más obscuro de la estancia y casi a los pies del lecho con colgadura que había en ella.
En medio de sus cavilaciones, oyó o creyó oír de súbito voces y carcajadas que a lo lejos sonaban por el lado derecho del sitio en que estaba él. Sin tiempo para pensar en lo que aquello sería, pero movido de recelosa curiosidad, intentó Morsamor ir adonde sonaba el ruido a fin de enterarse de todo. En pie estaba ya para realizar su intento, cuando por el lado contrario, se abrió una puertecilla, penetró por ella un bulto y Morsamor oyó una voz varonil que decía:
—¡Voto a los demonios todos del infierno! ¡Olimpia! ¡Olimpia! ¿Estás ahí? Al fin, tropezando en la obscuridad y dándome de calabazadas contra las paredes creo que he logrado llegar a tu cuarto. Esa maldita vieja Claudia me dejó solo, prometiendo volver para guiarme. Tardaba en volver y yo me cansé y he venido sin guía. Aquí estoy, Olimpia.
Con pasmosa serenidad y reposo, aunque harto previó las fatales consecuencias que podía tener aquel encuentro, Morsamor se adelantó hacia el personaje que había entrado y le dijo:
—Mucho lamento, señor Pedro Carvallo, pues la luz de las bujías os da de lleno en la cara y os he reconocido, que la casualidad nos reúna aquí donde y cuando los dos esperábamos encuentro más grato y suave.
Era Pedro Carvallo, el hombre de más violento carácter y más iracundo que hubo en Portugal en aquellas edades. Terrible era además su encono contra Morsamor, primero por natural antipatía, y después por su rivalidad en amores con doña Sol, de quien Morsamor, en cierto modo había sido harto más favorecido.