Pedro Carvallo ardió, pues, en cólera al oír y ver a Morsamor, y le replicó de esta suerte:
—Mi encuentro contigo, no será ni quiero que sea suave, pero me será grato. Tiempo ha, que me tienta el demonio con el prurito de matarte, y ahora me ofrece la ocasión más propicia. ¡Defiéndete, miserable!
Y Pedro Carvallo desenvainó la espada y se puso en guardia adelantándose hacia Morsamor.
Este, desdeñando la provocación y el insulto y procurando aún excusar un lance que le parecía poco o nada honroso, dijo a Pedro Carvallo:
—Sosegaos, señor, y no llevemos a tan crudo extremo este negocio. Ruin fundamento tendrían nuestro duelo y la muerte de cualquiera de nosotros dos en esta casa extraña, y que ambos hemos asaltado. Vergonzosa sería la victoria del que saliese vivo de aquí, y más vergonzoso el término de quien aquí quedase muerto o herido.
—La poca vergüenza—contestó Pedro Carvallo feroz y groseramente—es la de esas viles palabras con que tratáis de disimular vuestra cobardía. Defendeos o mataros he como a un perro.
Pedro Carvallo se abalanzó entonces con furia contra Morsamor.
Morsamor sacó la espada, le recibió con calma y paró con inaudita destreza todas sus cuchilladas y estocadas. Repugnaba Morsamor darle muerte. Estaba seguro de su inmensa superioridad. Lo descompuesto y sin arte del ataque ponía en su poder a Pedro Carvallo; pero Morsamor, por eso mismo, consideraba más odioso dar sangriento término a la lucha con aquel energúmeno, ciego por el rencor y la soberbia.
La lucha, no obstante, se iba prolongando demasiado. Pedro Carvallo, aunque inhábil, era fuerte y menudeaba sus golpes con tanto brío, que los quites de Morsamor tenían que ser también muy violentos. En uno de estos quites, Morsamor dio de plano y con tanta fuerza en el brazo de su contrario, que le derribó por tierra la espada.
Generosamente se contuvo Morsamor, para que el desarmado volviera a armarse. Y ya Pedro Carvallo había recogido la espada; y sin tener en cuenta en su furiosa locura la magnanimidad de Morsamor, se disponía de nuevo a embestirle, cuando Morsamor se sintió de repente ceñido el cuerpo en estrecho abrazo y cubierto el rostro de besos.