—No hay duda en ello—interpuso esta—. Nuestro parentesco es evidente aunque remoto. Soy prima quinta de Belcebú y sexta de Asmodeo.
—Pues que sea enhorabuena—dijo Morsamor, desechando escrúpulos, echado a rodar su formalidad y tomando parte y aun haciendo el papel principal en la orgía que hubo de seguirse.
-X-
Resbaladizo y difícil sería describir aquí lo que allí ocurrió después. La cabeza de jabalí casi desapareció. Los dos enormes jarros quedaron vacíos. A las risas, a los brincos y a los cantares, con que se animó la cena, sucedió profundo silencio. Tiburcio y Teletusa se fueron por un lado. Asmodeo y Belcebú, por otro.
Sólo la tenue luz de una lámpara velada por el vaso de alabastro en que ardía iluminó la estancia tranquila, hasta que rayó el alba y sus resplandores primeros penetraron por la ventana, entreabierta a causa del calor del estío, penetrando también fresco y manso vientecillo, impregnado de aromas de mil flores, y el gorjeo de los pájaros que cantaban en la enramada y saludaban el día naciente. Poco más tarde, en la gran sala de la quinta, aparecieron Morsamor y Tiburcio, donna Olimpia y Teletusa y los dos formidables escuderos. Todos se movían y se afanaban como en el momento que precede a un largo viaje.
Donna Olimpia y Teletusa estaban hartas de Portugal y habían resuelto acompañar a Morsamor y a Tiburcio al extremo Oriente. Los hijos de Lusitania no se les habían mostrado pródigos de los tesoros que de allá venían y así determinaron ellas ir a buscarlos. El imprevisto lance, además, de la noche anterior podría acarrearles no pocas desazones, sobre todo cuando las abandonaran sus dos triunfantes amigos.
Donna Olimpia había expresado su resolución del modo más terminante.
—Os seguiremos—había dicho—y os seremos fieles. Unidos, conquistaremos el mundo. Si fuese menester, hasta nos convertiremos en amazonas. Teletusa será Bradamente y yo la propia Pentesilea. Yo estaré contigo, Morsamor, hasta que se harte de mí tu alma. Sólo entonces, y si acertamos a dar con el verdadero y legítimo Preste Juan, que tantos han buscado en balde hasta ahora, yo le rendiré, le cautivaré, me sentaré en su trono y vendré a ser la Papisa Juana del Oriente.
Teletusa, Tiburcio y los dos jaques, holgaron mucho de oír este razonamiento; le aplaudieron y le celebraron con risas estrepitosas.