Todos aplaudieron el breve discurso de Teletusa, y animada ella con el aplauso, se atrevió a proseguir:
—La pólvora da muerte y la harina es el mejor y más usado sustento de la vida. A la harina, pues, me atengo. Quiero que sepáis, señores, que una prima mía muy guapa fue la buena amiga y tal vez el oíslo del famoso cocinero Ruperto de Nola. De él aprendió a condimentar exquisitos guisos, no pocos de los cuales tuvo luego la bondad de enseñarme. Ahora bien, yo quiero mostraros mi habilidad y probar al mismo tiempo la extraordinaria importancia de la harina. Voy a ser, además, como cierto tocador de viola en extremo habilidoso que tocaba en una sola cuerda multitud de sonatas. Yo me he apoderado de un barril de harina y de una enorme botija llena de aceite, y valiéndome de estas sustancias voy a daros, mientras dure nuestra navegación, una fruta de sartén, distinta cada día.
Teletusa cumplió su promesa, y sin estropear sus manos, que las tenía bonitas y bien cuidadas, amasó y frió de diario los más deliciosos y diferentes manjares farináceos que imaginarse pueden. Ya eran buñuelos de una clase, ya buñuelos de otra, ya sopaipas, ya empanadillas, ya gajarros, ya pestiños, ya hojuelas, ya piñonate.
Aun sobre estas frutas de sartén filosofaba Teletusa con agudeza y con gracia exclamando:
—Nadie me quitará de la cabeza, que la materia prima es única, sin que sean menester elementos distintos para producir las mil distintas cosas que llenan y enriquecen el universo. Cierta fuerza que hay, reside o se pone en la materia prima, agita y ordena sus partecillas infinitamente sutiles, y de los diversos movimientos y coordinaciones de dichas partecillas, que los sabios llaman átomos, resulta la infinita variedad de los seres. De fijo la diferencia de ellos está en la forma. Por la forma es uno feo y otro bonito, uno triaca y otro veneno, uno soso y otro salado, uno amargo y otro dulce, uno huele bien y otro hiede, ¿qué no podrá hacer la naturaleza cuando yo flaca mujer, con harina sólo, hago cosas tan distintas y de tan diferente sabor sin que sean sustancialmente más que harina? Y sin embargo, ¿cuán de otro modo que el esponjado buñuelo sabe por ejemplo, el piñonate o la crocante empanadilla, que con tan grato crujidito se desmorona entre los dientes?
No se limitaba Teletusa a freír masa y a filosofar sobre la fritura. Más alegre pasatiempo solía proporcionar casi de diario y particularmente cuando el tiempo era muy bueno, a sus dichosos compañeros de navegación. Todos formaban corro en torno de ella. Tiburcio tocaba la vihuela o la flauta, y Teletusa, repiqueteando las castañuelas bailaba como una sílfide.
Teletusa era asimismo egregia cantora, no indigna del siglo y de la patria en que la música estaba tan floreciente, merced a Bartolomé Ramos de Pareja, a Pedro Ciruelo, a Juan Anchieta, a Juan de la Encina y a otros insignes compositores y maestros.
La propia Teletusa, acompañándose con la vihuela, cantaba deliciosos villancicos y coplas. Ora cantaba
Dos ánades madre
Que van por aquí.
Ora por lo sentimental y lo tierno, coplas como esta: