Pues que jamás olvidaro
No puede mi corazón
Si me falta galardón
¡Ay que mal hice en miraros!

Ora, por último siguiendo el estilo picaresco, aquello de

Yo me iba, mi madre,
Las rosas coger,
Hallé mis amores
Dentro en el vergel.

Cualquiera pensará que, en medio de tanto deleite, Morsamor estaba contento. Mucho distaba, no obstante, de ser así. En cierto modo puede bien afirmarse que Morsamor se hallaba cada día más prendado de donna Olimpia. El apasionado mirar de sus ojos glaucos le fascinaba; le encantaban su discreta conversación y su apacible trato; y de continuo prestaba pábulo a la encendida llama de sus afectos la presencia de aquella mujer dechado de elegancia y de majestuosa hermosura. Entonces se creía ligado a ella para siempre por invencible hechizo. Entonces presumía que ella era su bien, que la amaba y que no podía vivir sin ella.

En la mente y en el corazón humanos hay un mar tempestuoso de ideas y de sentimientos que se combaten. Así eran el corazón y la mente de Morsamor. Y cuando no los subyugaba ni los rendía el influjo encantador de la aventurera italiana, acudían en tropel a atormentarlos mil amargas cavilaciones que le herían y emponzoñaban el alma y sacaban a su rostro el color rojo de la vergüenza. ¿Qué héroe de tan ruin condición era él cuando tal dama llevaba consigo? Si hubiese robado a doña Sol de Quiñones, y a despecho de la Reina y de todo el mundo, la tuviese a bordo, el caso, aunque pecaminoso, sería digno de él; pero llevar a donna Olimpia, que lo mismo se hubiera ido acaso con otro cualquiera, era triunfo tan miserable, que, en vez de lisonjear su amor propio, le lastimaba y abatía.

Hasta el indisputable mérito de donna Olimpia, su talento, su belleza y la fuerza misteriosa que había en todo su ser para dominar y cautivar a cuantos la veían y trataban, si bien complacían a Morsamor cuando pensaba que era suyo aquel tesoro, le ofendían más a menudo al considerar que su brillo atraía las miradas, la voluntad y la admiración de las gentes, y a él le dejaba obscurecido y como eclipsado.

Algunas bromas de Tiburcio, dichas sin duda irreflexivamente y para reír, ofendían y herían a Morsamor en lo íntimo de su conciencia y le ponían de un humor de todos los diablos. Cuando Morsamor le abría su corazón a Tiburcio y le confiaba parte de sus pesares, Tiburcio, con el propósito de despojar de gravedad el asunto, le decía burlando:

—En verdad que tiene sus contras el poseer tan gentiles enamoradas y tan famosas amigas como la mía y la tuya. Debemos, con todo, conformarnos y hasta convertir el inconveniente en estímulo. Voy a explicarme mejor. El marido o el amante de una mujer muy bella, sabia o ilustre, queda mil veces peor que en la obscuridad si él es un cualquiera. En la obscuridad nadie le recordaría ni le nombraría, mientras que, en el caso que supongo gozaría, o mejor dicho padecería de ridícula e indeleble fama. En todo el mundo sería conocido por su mujer o por su amiga y no le llamarían Fulano ni Mengano, sino el de Mengana o el de Fulana. No floja contrariedad es esta, pero bien puedes tú sobreponerte a la contrariedad, dando razón de quién eres por virtud de tus altos hechos, a fin de que seas célebre y ensalzado como Morsamor y no meramente conocido y mencionado por amigo de donna Olimpia. Lo propio digo de mi persona. Yo quiero hacer de suerte que no me conozcan sólo por el amigo de Teletusa, sino que me celebren por mis audaces y dichosas empresas como Tiburcio de Simahonda. No he de negarte yo, porque quiero ser franco, que nuestro propósito es difícil de realizar. Estas dos mujeres (permíteme lo vulgar de la expresión) que nos hemos echado a cuestas, son de tal magnitud y valer, que nos abruman con su peso. Y es tal el resplandor con que brillan, que ha de costarnos muchísimo resplandecer por nuestras acciones por cima del resplandor que despiden ellas con sólo manifestarse. No creas tú que Putifar fue un personaje insignificante. Yo he leído en antiguas historias y sé de buena tinta que se distinguió como hábil capitán, venciendo al Faraón del alto Egipto, acérrimo contrario del Faraón pastor a quien él servía, y domando en Chipre los filisteos, gente rubia y belicosa que habían venido del Norte, que se habían apoderado de aquella isla, y que mucho más tarde se repuso, invadió la tierra de Canaan y le dio nuevo nombre, aunque hizo en ella grandes estragos. Hay además quien asegura que Putifar era muy buen letrado, que poseía casi toda la ciencia de los egipcios, y que compuso memorias sobre las inundaciones del Nilo y sobre otros puntos no menos importantes. Pero todo esto se ha olvidado y ya nadie le recuerda ni le nombra, sino a causa o por culpa de su mujer. Sólo se habla de él cuando de ella se habla, llamándola, la mujer de Putifar, por donde él es sólo mencionado como marido. Escarmentemos pues en cabeza ajena y procuremos que nada semejante nos ocurra.

Este y otros razonamientos por el mismo estilo tenía a Morsamor sobre ascuas. Y verdaderamente era poco honroso y nada glorioso ir a la conquista de un nombre inmortal en compañía de damas tan desenfadadas y alegres, cuyas conquistas era de temer que se realizasen más pronto.

Aunque Morsamor disimulaba su disgusto, que solía rayar a veces en repugnancia, donna Olimpia, era muy avisada y no dejó de conocerle; pero donna Olimpia era muy soberbia y no se dio por entendida ni formuló la menor queja.