Cuando todos estos rumores llegaron a los oídos del rey y de su hermano, ambos anhelaron obsequiar a Morsamor, ver a las dos hermosas princesas y mostrar a él y a ellas el esplendor de la capital de su reino y la fértil amenidad de los huertos y cármenes que a imitación y en competencia de Chiraz había en su ruedo y en ambas orillas del Sabaki, que desemboca en la mar a corta distancia.
Pronto se concertó y dispuso una fiesta y jira campestre a la que Morsamor, Tiburcio, el piloto, Fray Juan de Santarén, las dos princesas y el señor Vandenpeereboom fueron convidados.
En bateles del país, empavesados con vistosos gallardetes y flámulas multicolores, y defendidos de los ardores del sol por elegantes toldos, los convidados fueron a tierra, donde había para las damas dos soberbios palanquines llevados por robustos negros; para Morsamor y Tiburcio, hermosos caballos árabes ricamente enjaezados; y para el piloto, el comisionista y el fraile, sendos pollinos tordos y lustrosos, con primorosas albardas, de las que pendían caireles y flecos de seda y con las cabezadas y jáquimas de seda también, alegrando los oídos el sonar de los cascabeles de plata que había en los pretales, y alegrando la vista los relucientes y airosos penachos que descollaban muy por cima de las largas y puntiagudas orejas.
Debemos advertir aquí que en Oriente no es el asno, como en nuestros países, animal plebeyo y vilipendiado, sino que, por el contrario, goza de notable crédito y suele servir de cabalgadura a las personas graves, constituidas en dignidad y que conviene que caminen con reposo y pausada prosopopeya.
Con muy brillante acompañamiento el rey y su hermano llegaron a recibir a sus huéspedes en una gran plaza que estaba cerca del muelle. Varios ulemas, magos y astrólogos del Real Consejo privado, venían también en burros; monteros y cazadores, de a pie y de a caballo, traían la jauría de podencos y lebreles; doce diestros cazadores de altanería, todos a caballo, llevaban en el antebrazo izquierdo, asidos a la lúa de becerro con las acicaladas garras, ya poderosos neblíes, traídos a mucha costa de las montañas de Elburz o de Mazenderán a orillas de mar Caspio, ya ágiles alfaneques africanos, retenidos por la pihuela para que no echasen a volar, y todos con sus capirotes de grana y con sutiles cascabelillos de oro en las nervudas patas.
El rey se presentó en un lujoso carro, tirado por cuatro caballos blancos y conducido por su propio hermano Rustán, que se ufanaba de ser hábil auriga. Se parecían también en el carro un venerable escudero, que sostenía el quitasol de raso amarillo, bordado de oro, dando sombra al rey y siendo símbolo e insignia de su poder soberano; y dos pajecillos, muy graciosos y compuestos, que oseaban las moscas y movían y refrescaban el aire que circundaba a la persona regia, agitando grandes abanicos, uno de pintadas plumas de pavo real, y otro de plumas de avestruz blancas como la leche.
El rey y su hermano recibieron y saludaron a las damas, a Morsamor y a los suyos con gran cortesía y finura, y después de recorrer las principales calles de la ciudad y de mostrarles las más interesantes curiosidades, los llevaron al campo, donde los cazadores y las bien industriadas aves de rapiña lucieron su destreza en la cetrería, arte cultivadísimo en Persia desde los tiempos primitivos de Jemshyd, fundador del primer imperio.
Todos fueron luego a un parque o coto muy extenso que poseía el rey en la margen del río, y donde había mucha caza, especialmente de ciervos. Espantados y perseguidos por los ojeadores, los ciervos pasaron en manadas por muy cerca de las paranzas donde el rey y los que le acompañaban se habían puesto a aguardarlos. Así hicieron en ellos no pequeña carnicería, lanzándoles flechas, venablos y azagayas.
El rey Feridún obsequió por último a sus convidados y a los individuos de su servidumbre con una exquisita merienda, en la que el guiso que más agradó fue uno de ánades silvestres en arroz blanco, condimentado con la picante salsa llamada curry. Los almíbares de azahar y de rosas fueron también muy celebrados. Y los señores principales consumieron en abundancia el famoso vino de Chiraz a pesar de Mahoma, mientras que la gente menuda se regaló con arrack, bebida fermentada de la India, harto menos costosa.
Las dos damas fueron muy admiradas y requebradas, rayando en frenesí el entusiasmo que excitaron, sobre todo hacia el fin de la merienda.