El rey, el príncipe, su hermano, los ulemas y los astrólogos, todos en suma, apenas se atrevieron a dirigirles la palabra en prosa, sino que les echaron a porfía mil piropos, ya en versos persas, ya en versos arábigos, que los señores Vandenpeereboom y Tiburcio se encargaban de traducir. Porque según la costumbre de aquella tierra casi hubiera sido desacato o irreverencia hablar en prosa a señoras tan bellas y de tan alta guisa. Por fortuna no era difícil a las personas elegantes de por allí hablar siempre en verso, porque la menos instruida de todas ellas sabia de memoria millares de kasidas y de gacelas, apropósito para todos los casos, y que podían ensartarse unas en otras, como las perlas en un hilo, por medio de la prosa rimada.
En resolución, los viajeros se divirtieron mucho aquel día y todos volvieron a bordo muy lisonjeados y satisfechos.
-XV-
Después de la jira campestre y contrariando los planes de Morsamor, su nave permaneció aún en el puerto de Melinda una semana entera. La carga y descarga de artículos de comercio y los tratos y contratos que tuvo que hacer el señor Gastón Vandenpeereboom fueron la causa de tales estadías.
Llegó al fin el momento de continuar el viaje. Era una hermosa tarde de otoño, víspera de la salida. Morsamor, Tiburcio, las damas y toda la tripulación estaban a bordo.
Una almadía, conduciendo gente muy bulliciosa y regocijada, se acercó al costado de la nave. Uno de los de la almadía pidió permiso para que visitasen la nave él y sus compañeros.
Componían estos una tropa o cofradía de los derviches místicos, apellidados mevlevies, de que fue fundador y patriarca el ya citado celebérrimo Chelaledín-Rumí, egregio poeta entre los orientales y melodioso ruiseñor de la vida contemplativa.
Miguel de Zuheros no estaba de muy buen humor y repugnaba recibir a los derviches; pero donna Olimpia y Teletusa, que habían oído hablar de sus extravagantes y vertiginosos bailes y del extraño método que empleaban para llenarse de furor divino y entrar en la vía unitiva, intercedieron por ellos y consiguieron que subiesen sobre cubierta. Hasta veinte serían los de aquella tropa, todos vestidos de flotantes y ligeros paños, todos contentos y satisfechos como quien priva con la divinidad y de los demás seres del mundo no se le importa un prisco.
Al son de una música muy rara entonaron los derviches algunas de las más bellas canciones panteísticas de su fundador. Luego tejieron la más arrebatada y frenética danza que puede imaginarse. Y, por último, cuatro de los derviches, trompeteros de resuello pujante, hicieron resonar las kernas de que venían provistos. La danza se precipitó entonces con rapidez sobrehumana. Verlos bailar causaba mareo.