Aquel espectáculo asustaba más que divertía, pero tenía tan invencible atractivo que todas las miradas quedaban fijas en los derviches sin poder apartarse de ellos.

Atronador era el sonido de las kernas, trompetas enormes de más de dos metros de longitud, en figura de serpientes y enroscadas en giro tortuoso.

—Nadie me quitará de la cabeza—dijo Tiburcio a donna Olimpia, que estaba a su lado—que si bien la música, como todas las demás artes, ha adelantado mucho en estos últimos tiempos, todavía hay en ella secretos misteriosos, descubiertos en las edades primitivas y conservados ocultamente en los santuarios y en los colegios sacerdotales. Al oír estas trompetas se entrevé y se adivina la relación, conocida en lo antiguo y desconocida hoy, entre la música y la arquitectura. Al oír estas trompetas no parece del todo ponderación, encarecimiento o milagro, lo que se cuenta de Anfión erigiendo al son de la música las murallas de Tebas, y lo que se cuenta de Josué derribando las murallas de Jericó a trompetazos. Tal vez la música del porvenir llegue en Europa, dentro de cuatro siglos o antes a tener eficacia parecida, mas por ahora distamos mucho de ello.

Donna Olimpia estaba tan absorta oyendo el trompeteo y contemplando la danza, que no contestó palabra alguna.

La observación de Tiburcio era, sin embargo, muy atinada aunque incompleta.

Sin duda aquella música profunda y sabiamente bárbara no estaba sólo en relación con la arquitectura, no era sólo una fuerza motriz material, sino que era asimismo un pasmoso vehículo de la fuerza psíquica, trasmitiendo con el aliento vital por el retorcido tubo de bronce el deseo imperioso del espíritu. Esto que recientemente han inventado los hombres y han apellidado magnetismo animal no es más que un leve e imperfecto atisbo y un ensayo rudo y embrionario, digámoslo así, del empleo de la fuerza psíquica, que en los venideros tiempos ha de conocerse mejor y ejercitarse con gran fruto.

Como quiera que ello sea, lo cierto es que aquellos trompeteros o sonadores de kerna podían ya, por virtud de la ciencia oculta custodiada en Oriente, emplear la fuerza del alma y producir el letargo magnético en quien se les antojaba.

No nos maravillemos pues, de que Morsamor, que también veía la danza y escuchaba el trompeteo, viniese a caer en hondísimo letargo. No hubo modo de despertarle, y permaneció traspuesto cerca de veinticuatro horas.

Cuando Morsamor volvió a su acuerdo, la nave estaba en alta mar, lejos de Melinda, y navegando con viento favorable hacia las distantes playas de Malabar.

Cuán extraordinaria sorpresa y cuán tremenda cólera no serían las de Morsamor no bien supo que donna Olimpia y Teletusa, así como sus escuderos Asmodeo y Belcebú, habían desaparecido, sin que se hallasen en la nave por más que los habían buscado.