Sin duda, en la tremolina y rebullicio que se armó cuando Miguel de Zuheros cayó en su hondo letargo, las dos damas y los dos escuderos hubieron de escabullirse yéndose con los derviches.

Las órdenes de levar anclas y darse a la vela al amanecer habían sido tan terminantes que, a pesar de lo ocurrido, el piloto no quiso desobedecerlas. El letargo de Morsamor podía por otra parte terminar en muerte, y lo más seguro era salir para la India, por no considerarse nadie a bordo con poder bastante para desembarcar y tomar venganza de aquel desaguisado, en la suposición de que los derviches o algunas otras personas tuviesen la culpa de todo.

Interrogado por Morsamor, Tiburcio le dijo:

—De tu letargo, no sé qué pensar. Yo creo que le produjeron las trompetas mágicas, pero tal vez la intención de los derviches no fue en tu daño. Y por lo tocante a donna Olimpia y a Teletusa nada tenemos que reclamar. No ha habido rapto. Ni la violencia ni la astucia han sido parte en su fuga. Ellas nos han abandonado en el pleno uso y ejercicio del libre albedrío. De nadie, pues, ni de ellas mismas, podemos quejarnos. Lee esta carta que me dejó escrita Teletusa antes de partir.

Morsamor tomó la carta y leyó lo que sigue:

«Mi adorado Tiburcio: La fatalidad lo quiere y lo dispone y es menester someterse a ella. En las entretelas de mi corazón llevo yo pintada tu imagen con preciosos y vivos colores que nunca han de desteñirse. Estoy convencida de que no volveré a hallar jamás hombre tan guapo como tú y que me pete tanto, aunque, como el Infante don Pedro de Portugal, recorra yo en su busca las siete partidas del mundo. Y, sin embargo, tengo que abandonarte. Donna Olimpia lo quiere. Seguirla es para mí deber ineludible. Si ella abandona a Morsamor es porque conoce que, si bien Morsamor la quiere, Morsamor tiene vergüenza de llevarla en su compañía. Harto ha notado ella que cuando Morsamor no está bajo el hechizo de su mirada y recobra la calma y el juicio que le roba la embriaguez del deleite amoroso, ella, si no es objeto de repugnancia para Morsamor, es considerada por él como un estorbo y como un escándalo. No queremos estorbar ni escandalizar y por eso nos quedamos en Melinda. Hemos celebrado un contrato con el Rey Feridún y con el príncipe Rustán, los cuales, bajo palabra de honor, corroborada por solemnes juramentos, nos dejan en completa libertad de largarnos donde se nos antoje, si dentro de seis meses nos hartamos de ser el adorno y el esplendor de su corte. Donna Olimpia ha querido que nuestra separación sea súbita y por sorpresa para ahorrarnos a todos el trance desgarrador de la despedida. Ella desea que Morsamor alcance grandes victorias, triunfos y laureles en la India; entiende que para esto perjudicaría a Morsamor si le siguiese y por eso le deja. Si él por un lado, ella también separadamente por otro, puede vencer y triunfar sola. El continuar juntos, dice ella, sería causa de debilidad y a todos nos dañaría. Ella sola tiene también colosales proyectos. Quiere visitar la Meca, el reino del Preste Juan, el Egipto, la Tierra Santa y qué sé yo cuántas otras regiones. Por Dios no tengáis pesadumbre de que nos separemos de vosotros. La pesadumbre de Morsamor sólo podría nacer, si la tuviese, de su vanidad ofendida. En el fondo de su alma debe alegrarse y de fijo se alegrará de verse libre de nosotras. Lo que es tú bien sé yo que me quieres un poquito y que sentirás algo mi ausencia. No me olvides. Guarda de mí tan dulce recuerdo como el que yo de ti guardo. ¿Quién sabe? Ya nos volveremos a encontrar algún día. Entre tanto, quede yo en tu memoria tan gentil y enamorada, como tú en la mía quedas, y ten por cierto que nunca dejará de amarte tu Teletusa».

Leída esta carta, Tiburcio entregó a Morsamor otra que donna Olimpia había dejado escrita para él. Era esta carta tan elocuente y tan sentida que no me atrevo a recomponerla aquí, pues no teniéndola a mano tal como se escribió la falsearía yo y la echaría a perder, recomponiéndola y ofreciéndola a mis lectores. Baste, pues, que sepan que donna Olimpia se despedía de Morsamor con inmensa ternura, y tratando de justificar la separación por ineludible.

Morsamor sintió muy mortificado su amor propio, pero en el fondo de su alma tuvo que dar la razón a donna Olimpia, y no halló motivo para quejarse de ella ni de nadie. Sospechó, con todo que el mediador que había habido entre Feridún y Rustán y las dos aventureras no podía haber sido otro que el Sr. Gastón Vandenpeereboom, pero disimiló su enojo por vergüenza y no quiso vengarse, al menos por lo pronto.


-XVI-