En balde procuró Tiburcio serenar el ánimo y disipar las melancólicas aprensiones de su amigo.
—No tienes tú la culpa—le dijo—de que el diablo tentase a Beatricica, y de que ella se diese al diablo.
—Pero ¿crees tú—dijo Morsamor, en un arranque de escepticismo, porque era muy escéptico para su época—, crees tú que ande tan suelto el diablo y que Dios permita que nos tiente y seduzca?
—¡Y vaya si lo creo!—contestó el doncel sutil—. En nada se opone eso a la bondad divina y a la persistencia del humano libre albedrío. Contra toda instigación diabólica el cielo presta al hombre fuerza suficiente o por naturaleza o por gracia.
—¿Qué vale ni qué importa entonces el oficio del diablo?—interpuso Morsamor con desdeñosa sonrisa.
—Vale e importa—dijo Tiburcio—para que el diablo, aunque no tuerza la voluntad del hombre ni destruya la responsabilidad de sus actos, encamine estos actos hacia un fin y según un plan predeterminado, al cual obedece el diablo muy a pesar suyo y sin el cual no consentiría Dios que tentase a nadie. Tal, a mi ver, es la utilidad del oficio diabólico. De donde se infiere que hasta el diablo es útil y dista mucho de estar de sobra.
A pesar de sus melancolías, Morsamor no pudo menos de reírse de las extravagantes opiniones de su doncel.
Algo menos preocupado por sus tristes memorias, renovadas en su espíritu con tanto brío, Morsamor acabó por prepararlo todo, y al fin salió recatadamente de Goa, acompañado de su tropa y sirviéndole de guía los fingidos fakires por las más solitarias veredas.