Después de largo y penoso viaje, de noche, desperdigados a fin de no infundir sospechas y con recato esmeradísimo, fueron penetrando todos en hipogeo enorme. Era un dilatado y obscuro laberinto, excavado en la tierra y a trechos en durísimas rocas: admirable labor de la tenacidad, de la paciencia y del humano esfuerzo: obra cuya antigüedad se contaba por millares de años.
Por medio de estrechos pasadizos se comunicaban las diversas y numerosas estancias que allí había. Unas eran cámaras sepulcrales, otras, viviendas de las personas consagradas al culto y a la custodia de aquellos sitios; y otras, más recónditas y de más difícil acceso, escondido depósito y tesoro de preciosos exvotos y de amontonadas ofrendas. Ensanchado a veces el subterráneo y elevándose su techo a mayor altura formaba amplias salas, donde se parecía, esculpida en piedra, la imagen simbólica de alguna de las más veneradas deidades del panteón brahmánico. La mayor de estas salas era la del hijo de Dasarata, la de Rama el virtuoso, fiel consorte y vengador de Sita, vencedor de Ravana y conquistador de Lanka. Pero en medio de aquellas salas y en el centro de aquel intrincado laberinto, se erguía el grandioso templo erigido en honor de Crishna. En multitud de gruesos pilares, cuyas cuadradas bases tenían por pedestal sendas tortugas, se alzaban monstruosos elefantes, sosteniendo en sus lomos robustos el arquitrabe y el amplio friso sobre el cual se extendía la plana y sólida techumbre. En el friso, representados en alto relieve, tosco aunque rico de inspiración y de carácter, se veían los principales sucesos de la vida heroica y bienhechora del avatar. Notábanse allí sus amores con innumerable caterva de diosas, ninfas, princesas y zagalas, a cada una de las cuales se entregó y se unió todo el Dios, desdoblándose y multiplicándose en idéntica forma y substancia y sin dejar de ser nunca uno y el mismo, porque toda alma piadosa, encendida en amor divino, posee a Crishna por completo, como si Crishna y ella fuesen solos o absorbiesen en su unión cuanto es y cuanto puede ser en los tres mundos. En el centro de aquel templo fantástico, iluminado por lámparas de plata, resplandecía la estatua colosal del hijo de Devaki.
Morsamor, conducido por Narada, había admirado todo aquello.
La tropa de aventureros que le había seguido, prestándole omnímoda confianza, sin saber sino confusamente los peligros que tendría que arrostrar y los obstáculos que tendría que vencer, para el buen éxito de la empresa, cuyo fin apenas presumía, se hallaba acuartelada en dos amplios salones del subterráneo y aguardaba impaciente la hora oportuna para la acción que debía empeñarse cumpliendo las órdenes de sus adalides Morsamor y Tiburcio.
Aunque se hallaban bajo tierra, sin que disipase la obscuridad más luz que la de algunas lámparas, harto bien medían todos el tiempo y calculaban que era más de media noche. Ningún ruido exterior penetraba en el oculto lugar donde todos estaban congregados, lugar en que se oían sus animadas conversaciones, porque nadie les había exigido que callasen ni que hablasen en voz baja, y donde resonaban, al andar y al moverse ellos, el ludir y el chocar de las armas que no habían depuesto y que pronto debían emplear aunque sin saber ni prever el instante mismo.
Entre tanto, en la santa ciudad de Benarés, cerca de cuyos muros se hallaba el hipogeo, se celebraba, aquella noche, espléndida, alegre y ruidosa velada: la fiesta más solemne del culto de Crishna. No era la conmemoración de sus triunfos guerreros, cuando daba muerte a tiranos y a monstruos, a endriagos y serpientes. Crishna, vencedor y libertador ya, aparecía precedido de Kureva y de Lakshmi, númenes de la opulencia, y de Karnala y Smara, númenes del amor. Sobre su pecho resplandecía el conquistado Samantaka, talismán de todas las venturas. Y Crishna iba difundiéndolas a su paso por donde quiera; y no había corazón de mujer, mortal o diosa, que al contemplarle no ardiese en amoroso fuego. Los Gandarvas descendían del Baikounta o paraíso de Vishnú para cantar sus alabanzas y las Apsaras para tejer danzas en torno suyo.
Esta serenata y este baile famosos, apellidados la rasa, se representaban aquella noche. En anchas plazas bailaban lindas bayaderas. La circunstante y bulliciosa muchedumbre gozaba en mirar y aplaudía con locura. En la alucinación del entusiasmo, tal vez imaginaba que todos los seres inmortales acudían a ver la velada y a honrarla con su presencia. Desde el fondo del Océano, desde el ardiente centro de la tierra, desde las crestas nevadas del Himalaya y desde las serenas profundidades del éter luminoso, acudían Varuna, Agni, cuantas son las inteligencias que mueven las esferas celestes y guían a los astros en su curso, y el propio Indra, cabalgando en el pájaro Garuda, y no ya con rayos en la diestra, sino con aljófares y flores, que así él como las otras divinidades derramaban a manos llenas sobre la muchedumbre devota.
En la conjuración se había guardado profundo secreto. Nada sospechaba Abdul ben Hixen. La mayoría de su gente de armas, aunque era de muslimes, discurría por la ciudad, sin cautela ni reparo y se divertía en la fiesta, requebrando a las mozas y retozando también con ellas. El sultán, no obstante, se hallaba encastillado en la fortaleza, en cuyo centro se levantaba el regio alcázar. Allí vigilaba siempre por su autoridad y su dominio lo más aguerrido y selecto de sus guerreros. Su guardia se componía de más de mil veteranos fieles, diestros en el manejo de las armas.
Dos horas antes de que amaneciese, Morsamor y Tiburcio se pusieron al frente de los aventureros que habían traído, los sacaron de aquel a modo de encierro en que se hallaban, y guiados por dos jóvenes brahmanes, caminaron largo rato por un extenso pasadizo del subterráneo hasta llegar a un punto donde había una fortísima compuerta de madera y de hierro, horizontalmente colocada en la techumbre, hasta la cual se subía por una escalera de piedra. Al empuje de algunos hombres forzudos se levantó la compuerta, a pesar de la tierra y las hierbas que la cubrían y ocultaban, y se dejó ver el cielo sin luna y sólo débilmente iluminado por el pálido fulgor de las estrellas que a trechos entre obscuras nubes lucían.
En hondo silencio y procurando no hacer ruido, los aventureros todos fueron saliendo del subterráneo, encontrándose en un parque espacioso, dentro de los muros de la misma fortaleza y contiguo al alcázar donde el sultán habitaba.