Aunque eran pocos los mosquetes, que podían dirigirse para dentro del parque, por donde no se preveía ataque alguno, y aunque estaban manejados por mosqueteros torpes, sin conocimiento práctico de aquellas armas, todavía hicieron algunos disparos sobre los guerreros de Morsamor, causándole cerca de treinta bajas entre muertos y heridos.
Lejos de arredrarse con esto, el denuedo de Morsamor y de los suyos creció con la cólera y con el deseo de venganza.
En una salida que el sultán hizo del alcázar con la gente que tenía cerca de sí, el sultán fue rechazado y tuvo que hacer cerrar rápidamente la puerta para que los enemigos no penetrasen en pos de él dentro del alcázar.
Aprovechó Morsamor aquella retirada y el desaliento que había infundido en la guarnición que estaba fuera defendiendo el parque, para caer con todos los suyos, en buen orden y con embestida furiosa, sobre la gente que defendía la puerta de la fortaleza que daba a la ciudad y en la que había alzado un firme y ancho puente levadizo que hacía practicable el hondo foso.
Por fortuna, la plebe amotinada de la ciudad, fanatizada por los brahmanes y provista de armas, había vencido a los más resistentes de la exterior guarnición, mientras que otros, codiciosos y traidores, se habían dejado comprar por dinero suministrado por los brahmanes y por mercaderes ricos. Parte pues, de la sublevación triunfante, se había adelantado hasta el borde del foso en tumultuosa muchedumbre. Sus gritos de júbilo llegaban claros a los oídos de Miguel de Zuheros, alentaban su valor y corroboraban su confianza. Así, a pesar de la obstinada resistencia de los que defendían la puerta, Morsamor y los suyos, no sin sacrificar allí muchas vidas, se apoderaron de la puerta al cabo, la abrieron y dejaron caer sobre el foso el puente levadizo. La noche en esto había pasado ya. La obscuridad se había, disipado. La penumbra del crepúsculo matutino se había trocado con rápida transición en claridad luminosa, apagándose las estrellas en el éter, matizándose las nubes de carmín y de oro y transmitiéndose por el ambiente despejado y limpio el movimiento, los colores y las formas de los distintos seres.
Los de la guarnición interior, aturdidos y empeñados en luchar con los que estaban dentro, sólo habían hecho cinco disparos de lombardas, causando apenas daño en la muchedumbre, aunque sí algún miedo y mucha ira.
Al abrirse la puerta y caer el puente levadizo, la plebe retrocedió con espanto, temiendo que iban a salir el sultán, y su caballería y sus elefantes, y a cargar sobre ella. Pero los dos jóvenes brahmanes, que acompañaban a Morsamor y que eran muy decididos, pasaron desde la fortaleza al otro lado del foso, y gritando en medio de la turba, le quitaron el miedo y la persuadieron de que eran aliados y amigos los que abrían el paso y los que reclamaban su apoyo para terminar aquella grande obra. La plebe entonces, como desbordado torrente que rompe el dique que le retiene y en violentas oleadas lo inunda todo, se precipitó por la puerta y llenó en un instante el parque que se extendía en torno del alcázar dentro del recinto murado.
-XXIII-
El rey, según hemos dicho ya, tuvo que replegarse y encerrarse de nuevo en el alcázar después de su vigorosa salida. La causa principal de la retirada había quedado oculta. El rey procuró y logró que se ocultase para que su gente no desmayara. Un dardo enemigo había atravesado su muslo derecho. De la honda herida manaba mucha sangre, y el rey apenas podía tenerse en pie.