Encerrado en la ancha cámara, donde estaba el único acceso para penetrar en el harén, y asistido sólo por su médico, por su viejo confidente y valido el jefe de los eunucos, y por cuatro de sus más fieles e íntimos servidores, el rey siguió dando órdenes y excitando a la resistencia. Joven y robusto aún, era además fiero y orgulloso, aunque debilitado su brío por la vida muelle y deleitosa que había vivido, en paz con los extraños y en lo interior hasta entonces, sin rebeliones ni motines.
Cuando vio a las claras que sus soldados habían sido vencidos, que la plebe triunfante había invadido la fortaleza y que ya se disponía a romper las puertas y a entrar en el alcázar, su desesperación fue completa y horrible.
Abdul ben Hixen se jactaba de su nobilísima estirpe. Pretendía descender, por una ilustre serie de monarcas guerreros, del propio Mohamud de Gazna el Grande. Altísimo era el concepto en que tenía él la sagrada dignidad de su persona. ¿Cómo sufrir, pues, el oprobio de caer vivo entre las manos inmundas de aquel vil populacho?
Inevitable era la muerte y convenía aceptarla con valor y recibirla cuanto antes.
Los clamores de la turba, que oía cerca de sí, se diría que le excitaban a tomar la tremenda resolución. No podía ya morir peleando y matando, pero podía y debía morir en seguida antes de caer en infamante cautiverio.
Abdul ben Hixen ya pidió con ruegos, ya ordenó con furia que le matasen a los cuatro soldados fieles que estaban cerca de él, al médico impasible y al jefe de los eunucos que le miraba lleno de asombro y temblaba como un azogado.
El profundo respeto que el rey infundía no consintió que ninguno de sus cuatro guardias cumpliese sus órdenes ni accediese a sus ruegos.
—Carecéis de valor—dijo entonces—para ser misericordiosos conmigo. Yo supliré el valor que os falta. Así os daré ejemplo para que os mostréis dignos de mí, para que impidáis que caigan vivas mis mujeres en poder de esa canalla infame, para que no insulten mi cadáver y para que todo, si es posible, sea presa de las llamas.
Sin oír ni aguardar contestación alguna, Abdul ben Hixen desenvainó con rapidez el acicalado yatagán de doble filo que de rico talabarte le pendía, fijó en el suelo la costosa empuñadura, cuajada de diamantes y esmeraldas, y poniéndose en el pecho la agudísima punta, se arrojó encima con tal ímpetu que se traspasó y destrozó las entrañas con la ancha hoja, quedando muerto en el acto.
El astuto médico, con previsora serenidad y sin ninguna gana de acabar también trágicamente, desapareció como por ensalmo, yéndose por el lado opuesto al harén y escondiéndose donde pudo. Oportunísima fue la fuga. El entusiasmo heroico y destructor de los cuatro eunucos rayó en delirio y no tuvo límites al ver muerto y en medio de una charca de sangre a su querido y augusto amo.