Se creyeron en la obligación de matar y de incendiar y era menester cumplir con ella.

El jefe de los eunucos la facilitó por lo que a él tocaba. El espanto le sobrecogió de tal suerte, que, desfigurado su rugoso y pálido rostro por horrible mueca, torcida y muy abierta la boca como para exhalar a escape el último aliento, desencajados los ojos y dilatadas las pupilas, se desplomó sin vida en el suelo.

Los eunucos hacinaron telas, papeles, muebles, cuantos objetos consideraron más combustibles, alzándolos en montón contra la pared de la espléndida sala, cubierta de sedas del Catay y de chales y tapices de Cachemira, y cuya artesonada techumbre era de nácar, concha, sándalo, cedro y otras preciosas maderas que en delicados embutidos y en linda taracea se combinaban.

Con destiladas quintas esencias, con ungüentos y aceites aromáticos, con cuanto pudieron hallar a mano a propósito para que prendiese el fuego y se propagase, rociaron los eunucos el montón de objetos, la tapicería de la pared y hasta el mismo techo. Encendieron fuego en seguida, le aplicaron a papeles y a trapos que había en la base del montón, y muy pronto con feroz alegría vieron surgir el humo y las llamas. Luego penetraron en el harén dispuestos a destruirlo todo y a dar muerte a las mujeres para que no fuesen profanadas y ultrajadas por el vulgo.

Entre tanto, los guardias que custodiaban el alcázar, con el intento de vender caras sus vidas, abrieron la ancha puerta y se lanzaron de nuevo al combate desesperadamente. La plebe, apiñada delante de la puerta, tuvo que lamentar no pocas víctimas de aquel primer ímpetu.

En esto, Morsamor, así como Tiburcio que, vencedor de la caballería, estaba ya a su lado, vieron en el extremo del palacio, hacia donde estaba el harén y en una gran ventana que acababa de abrirse, una extraña figura que los llenó de pasmo. Nunca mujer más bella, elegante y majestuosa, había concebido Morsamor en su fantasía de poeta, ni había aparecido en sus más radiantes y amorosos ensueños. Brillaban sus negros ojos, por entre las largas y sedosas pestañas, como la luz del sol que arreboladas nubes mitigan. Era su tez como de leche y rosas. Esbelto su talle: elevada su estatura. A pesar de las flotantes y blancas ropas que velaban su cuerpo, se presentía y se adivinaba que era todo él maravilloso y armónico conjunto de perfecciones casi divinas.

Aunque no cuadraba a la dignidad aristocrática de aquella mujer ni mostrar angustia y terror en el semblante, ni pedir socorro a gritos, Morsamor, a la vez que sintió en el alma una jamás sentida y amorosa admiración y un irresistible impulso que hacia aquella mujer le llevaba, sintió también o más bien comprendió, como si un genio o espíritu invisible le hablase al oído, que aquella mujer se hallaba en el peligro más espantoso, y que él debía a toda costa libertarla y salvarla. Alrededor suyo, entretanto, se alzaban centenares de voces diciendo:

—¡Urbási! ¡Urbási! ¡Es ella! ¡Es ella!—la que el tirano había robado.

Sin más reflexionar, y sin ponerse con nadie de acuerdo, Morsamor espada en mano corrió hacia la puerta del alcázar, se abrió paso por entre cuantos allí peleaban, quedando milagrosamente ileso, y pronto subió a saltos la grande escalera que al piso principal conducía. Sintió pasos detrás de él, volvió la cara, vio a Tiburcio que le seguía dispuesto a ayudarle, y con mirada expresiva se lo agradeció sin pronunciar palabra.

No era menester que la pronunciase; Tiburcio lo había adivinado todo y se puso delante de Morsamor, como para servirle de guía.