Así llegaron a la cámara, donde yacía muerto Abdul ben Hixen. El humo era sofocante. Las llamas habían subido ya por la pared y habían empezado a cebarse en la techumbre que crujía y amenazaba desprenderse a pedazos.
Tiburcio pasó impávido por la cámara. En pos de él pasó Miguel de Zuheros.
Ambos iban con precipitación, aunque no sin cuidado, para no resbalar en la sangre que humedecía y manchaba el pavimento, para no tropezar en seres humanos muertos o moribundos y para no ser sorprendidos por los vivos aún armados y furiosos que sin duda por aquellos sitios vagaban.
Con certero instinto y con tan ligeros y sordos pasos, que no levantaban rumor, como si los que marchaban fuesen sombras, llegaron al extremo del palacio, donde estaba la estancia en que Urbási se guarecía. Cerrada la firme puerta, resistía aún a los reiterados y furibundos golpes que sacudían en ella los cuatro eunucos, ansiosos de derribarla.
Algo de siniestramente sobrehumano parecía traslucirse entonces en el gracioso rostro de Tiburcio, casi sin bozo, como de gentil adolescente. Acalorada la imaginación de Morsamor, creyó ver que la espada que Tiburcio llevaba en la diestra no era inerte acero, sino serpiente viva que se hundía en el pecho de los contrarios y mordía y destrozaba los corazones. Súbitamente, antes de que le viesen y le hiciesen cara, Tiburcio hizo caer por tierra mortalmente heridos a dos de los cuatro eunucos. No fue larga la lucha con los otros dos. Morsamor peleó contra el uno, Tiburcio peleó contra el otro, y ambos perecieron también.
Sin un leve instante de reposo, Tiburcio tocó en la puerta con el pomo de su espada y gritó alto para que le oyese quien estaba dentro:
—¡Urbási! ¡Urbási! Abre. Ten confianza en nosotros. Venimos a salvarte.
La puerta se abrió enseguida y Urbási se mostró bajo el dintel, serenamente hermosa, como una aparición del cielo. Desalumbrado, extático quedó Morsamor al contemplar de cerca tanta hermosura. Luego se repuso haciendo un esfuerzo, y con la mano izquierda, desnuda de la manopla que en la escarcela guardaba, asió a Urbási de la diestra, y guiado siempre por Tiburcio, buscó por donde había venido la única salida del harén.
Al llegar al salón, donde el rey yacía muerto, Morsamor retrocedió horrorizado.
En torno del salón no había cundido el incendio porque eran los muros de sólida mampostería, revestida de mármoles, que sin arder se calcinaban; pero lo interior del salón parecía un infierno: medroso torbellino de humo y de llamas.