-XXVII-
El edificio estaba casi al pie de muy altos montes. La ingente cordillera del Himalaya se erguía cerca de él, extendiéndose a un lado y a otro. Las cumbres, que se alzaban en el aire a millares de codos, estaban cubiertas de hielo perpetuo y de cándida nieve, que heridos por los rayos del sol, vertían destellos radiantes y hacían más bella la templada y apacible llanura en que se hallaba el palacio, bañándolo todo, a la hora del crepúsculo, en mágicos reflejos.
Morsamor había enviado esculcas y puesto atalayas, que debían renovarse con frecuencia y vigilar de continuo para avisar la llegada de cualquier enemigo y evitar una sorpresa. El terreno quebrado y áspero y los intrincados y revueltos desfiladeros estaban tan próximos, que era fácil, previo aviso de que llegaban fuerzas muy superiores, escapar a toda persecución, refugiándose en las entrañas de la serranía.
Confiado en esto, Morsamor hacía en el palacio larga parada, aguardando la vuelta de Tiburcio.
Era alta noche. Morsamor reposaba al lado de Urbási en la repuesta alcoba. La tenue luz de una lámpara, que ardía en vaso de diáfana porcelana, iluminaba suavemente el hermoso rostro y las gallardas y juveniles formas de la mujer dormida.
Morsamor se despertó y se puso a contemplarla extasiado. No acertando a reprimir su admiración amorosa, se acercó con lentitud y cuidado, para que ella no despertase e imprimió dos tiernos besos sobre los párpados y largas pestañas de sus cerrados ojos. Aunque el toque de los labios de Morsamor fue delicadísimo, sacudida Urbási como por una conmoción eléctrica, volvió en su acuerdo, abrió los ojos, llenos de dulzura, miró a su amante esposo y le estrechó afectuosamente en sus desnudos y blancos brazos. La felicidad y la vehemencia del amor de ambos, no hubo palabra articulada con que pudiera expresarse en aquel punto.
Después, sostenida en el brazo derecho de Morsamor y reclinada en su hombro, tras no breve pausa de silencio y reposo, Urbási con lánguida y entrecortada voz, dijo a Morsamor casi al oído:
—No; este amor invencible, fuerte, gigante, inmenso, no ha podido nacer en mí, ni ha nacido de súbito. Antes de conocerte yo te presentía y te amaba. Al verte por vez primera, recordé tu rostro y columbré su semejanza en la nebulosa lejanía de tiempos pasados. Reminiscencias confusas de una vida anterior se despertaron en mi alma. En tierras muy remotas, nacida yo en humilde, en casi vil condición, te había amado y había sido tuya. ¡Tú te avergonzabas de mí, cruel! Tú me abandonaste. Morir fue mi sino, pero no quise morir desesperada. Entregué mi alma a Smara, dios del amor, y él me hizo en pago la promesa de poseerte de nuevo: de hacerme renacer, rica, noble y venerada para que no te avergonzases de mí y mil veces más hermosa para que me amases mil veces más que hasta entonces me habías amado. Dime, Morsamor, ¿no es cierto que Smara ha cumplido su promesa?
Al oír Morsamor las palabras de Urbási, retrajo a su memoria la imagen de Beatricica y pensó tenerla allí presente y que ella le encadenaba entre sus brazos y le besaba y le acariciaba. Como si hiriesen otra vez sus oídos, percibió las palabras de la vieja gitana que le dijo en Sevilla la buenaventura. Los cabellos de Morsamor se erizaron de espanto. A pesar del contacto íntimo y delicioso de su prenda querida, a pesar del tibio y grato mador de aquella piel, cuya tersura, suavidad y fragancia envidiarían los pétalos de la magnolia y de la flor del loto, Morsamor sintió el frío de la calentura y se santiguó maquinalmente. Entonces recordó con horror que era católico cristiano, aunque apóstata y réprobo.
En aquel momento sonaron fuera de la alcoba voces, precipitados pasos, ruido de armas y rechinar de puertas.