Aquella sensación, que avisaba a Miguel de Zuheros un peligro presente y real, disipó de su espíritu las sombrías imaginaciones, que sin duda una muy natural coincidencia había creado. Natural era que Urbási, bajo el influjo de las creencias religiosas, propias de su nación y de su casta, se diese a entender que había transmigrado su alma, que en otras vidas había amado a Morsamor, y que más tarde había renacido para volver a amarle.
Miguel de Zuheros desechó, pues, aquellos vanos pensamientos, se serenó, recobró su brío indomable, se arrojó del lecho y se revistió a escape las armas.
Tomás Cardoso, teniendo de la pequeña hueste por ausencia de Tiburcio, acudió a llamarle desde la puerta de la alcoba. Armado ya Morsamor, salió a juntarse con Tomás Cardoso.
Numerosa hueste enemiga había sorprendido y muerto a los descuidados y dormidos atalayas, había invadido la selva y había cercado por todas partes el edificio.
A la luz del alba naciente, miró Morsamor por las ventanas en varias direcciones, y por donde quiera vio guerreros indios capitaneados sin duda por Balarán, el Brahmatma. No había medio de huir. Era inevitable combatir hasta la muerte o hasta lograr milagrosa victoria.
Los sitiadores dieron sin tardanza un furioso asalto por la fachada de la quinta, pugnando por derribar la puerta. Morsamor y los suyos se defendían con valor y con tino, causando en los sitiadores grande estrago y haciendo repetidas veces que retrocedieran, poseídos de terror.
La puerta resistía aún al embate del enemigo; pero, en la previsión de que pronto la derribase, Morsamor no vacilaba en defender sin reparo la entrada abierta.
A este fin, iba ya a descender al piso bajo del edificio, cuando oyó, en el piso principal, angustiosos gritos y clamores. El enemigo había entrado por una pequeña puerta, a espaldas del palacio, le había invadido, y llenaba ya el piso en que Morsamor se hallaba. Entonces acudió Morsamor a la defensa de Urbási, pero ya fue tarde. El mismo Balarán, rodeado de sus más audaces satélites, había llegado donde ella estaba, la había asido de un brazo e intentaba apartarla de aquel sitio para acabar luego con Morsamor y los suyos sin que ella padeciese ni peligrase.
No como débil mujer, sino como fiera leona, se resistió Urbási al propósito de Balarán, lanzando contra él enérgicas palabras de odio y desprecio.
En aquel punto apareció Morsamor donde Urbási pugnaba por que Balarán no se la llevase consigo.