Todo ello y más ha de lograrse con una buena moral; la de usted es excelente, y yo no niego que la moral es medio adecuado y eficaz para llegar á donde nos proponemos.

En lo que no estoy conforme es en que la buena moral pueda existir sin un fundamento metafísico ó religioso.

No veo la necesidad, ni siquiera la conveniencia de esa impiedad de que usted hace alarde y que cuenta hoy con ilustres divulgadores y apóstoles en todo el Nuevo Mundo.

No demuestra esto que las creencias se vayan perdiendo ahí, sino la actividad intelectual y la libertad completa de conciencia y de palabra, la cual da razón de sí, tanto en el aumento y prosperidad de la Iglesia católica, que levanta en Nueva York y en otras grandes ciudades catedrales espléndidas, como en el nacimiento de sectas cristianas disidentes; como en la propagación de las más extrañas religiones, por ejemplo la de Budha, que ya tiene en Boston sectarios y templo; como en la predicación del ateísmo en todos sus grados.

El más singular, ingenioso y elocuente predicador del ateísmo en toda América es, en mi sentir, el coronel Roberto Ingersoll. Hombre de no escaso saber, de variadísima lectura, atento y enterado de cuanto se piensa en Europa, se puede afirmar que es un positivista como usted. Véase lo que dice de Augusto Comte.

«En el cerebro de este hombre grande despuntó la aurora del día dichoso en que la humanidad será la única religión, el bien el único Dios, la felicidad general el único propósito, la indemnización la única pena, el error el único pecado, y el afecto, guiado por la inteligencia, el único Salvador del mundo. Esta aurora enriqueció la pobreza de Augusto Comte, iluminó las tinieblas de su vida, pobló su soledad con millones de seres que han de nacer para la progresiva ventura, y llenó sus ojos de tiernas lágrimas de satisfacción y de orgullo. La gloria de Napoleón se disipará: sólo se recordarán sus crímenes: y Augusto Comte será fervorosamente acatado y amado como bienhechor de la especie humana.»

A fin de llegar á esta meta en la carrera de nuestro progreso, á fin de entrar en el Edén y gozar de todos los sazonados frutos del árbol de la ciencia, importa arrojar á empellones al querubín de la superstición que defiende la puerta, y arrancar de su diestra la espada de fuego.

Por esto Ingersoll es más enemigo que usted de la religión, y de Dios sobre todo.

Para él, uno de los más benéficos sabios que hay ahora en la docta Alemania, es Ernesto Hæckel, «no sólo porque ha demostrado las teorías de Darwin, sino también la monística concepción del mundo. Hæckel ha demostrado que no hubo, ni hay, ni pudo haber Creador de cosa alguna. Ingersoll celebra mucho también á Herberto Spencer, pero se le deja atrás. Conviene con él en que toda ciencia nace de la observación de los sentidos: pero no se limita al agnosticismo de lo demás. Al poner lo desconocido, lo tal vez para siempre incognoscible, se afirma en cierto modo que existe ó que puede existir. Dios es, por lo menos, una conjetura. Y si para la ciencia de nada sirve, Dios queda para que el alma humana llegue á él por la fe y por el amor, y de él se valga para fundar sociedad, leyes y preceptos morales.

Nótese cómo del agnosticismo pudiéramos llegar á un sistema irracional profundamente religioso. Al cabo Bonald, de Maistre y Donoso Cortés, no llegaron de otra suerte á su empecatada y tiránica teocracia.