De aquí que Ingersoll no se contente con ser agnóstico. No dice que no sabe de Dios, sino rotundamente niega que exista. Así lo va predicando por escrito y con la palabra hablada.
Es Ingersoll alto y fuerte, hermoso de rostro, blanco y rubio, casi sin barba, simpático y elocuentísimo. Da conferencias en teatros y en grandes salones, ya á duro ya á dos duros la entrada, y la multitud acude á oirle y le aplaude con entusiasmo. Sus discursos tienen todos los tonos. Ya son tan floridos, líricos y abundantes como los de Castelar, á pesar de la concisión de la lengua inglesa, ya patéticos y tiernos, ya trágicos y terribles, ya chistosos y amenos hasta rayar en la chocarrería. Su casa está en Washington donde vive elegantísimamente, entre pinturas y lindos objetos de arte, pero de vez en cuando sale á predicar, y ya predica en Filadelfia, ya en Nueva Orleans, ya en San Francisco, ya en Chicago.
Sus conferencias corren impresas en lujosas ediciones, de que se venden miles y miles de ejemplares.
Para el vulgo pobre se ha hecho en Chicago un Catecismo ó Vademecum, titulado Ingersolia, joyas del pensamiento, donde está reunido lo más sustancial y capital de este apóstol.
Coincide Ingersoll con usted en el profundo, y á mi ver, sincero amor á la humanidad; pero se extrema más aún que usted en creer lo contrario de lo que piensan los deístas y los católicos: en que ese amor á la humanidad se funda en el amor de Dios. Para Ingersoll el amor de Dios se opone al de la humanidad, y por eso le odia. Uno de sus argumentos es decir que, si Dios se le llevase al cielo y él supiese allí que su mujer, ó algún hijo suyo, ó algún amigo, mientras que Dios le daba á él bienaventuranza, estaba atormentado en el infierno por toda una eternidad y con atroces castigos, sería él un villano y un miserable si no dijese á Dios: ó tráigame aquí también á los míos, y no me los maltrate tan ferozmente, ó envíeme con ellos, que yo no quiero esta infame gloria que me concede.
Harto se nota que tales argumentos podrán ir contra determinados dogmas de ésta ó de aquella religión positiva, por los cuales dogmas volverán los teólogos de la dicha religión; pero en nada quebrantan la firmeza del alto concepto metafísico y racional que de Dios nos formamos.
Por lo demás, en la moral y en los arreglos, usted é Ingersoll coinciden, salvo que en la Circular no entra usted en tantos pormenores como el yankee.
Su moral parte de la sentencia famosa mens sana in corpore sano.
De aquí que Ingersoll dé muchas reglas para la higiene y buena alimentación. Good cooking is the basis of civilization. La buena cocina, dice, es la base de la civilización. Así es que el Coronel recomienda á todas las mujeres que aprendan á guisar y á todos los maridos que den qué guisar en abundancia á sus mujeres. Sin esto no hay rica sangre en las venas, ni pensamientos sublimes, ni valor, ni paciencia, ni nobles impulsos. Todo proviene de buenos y suculentos beefsteaks. Así es que Ingersoll quiere que un beefsteak se haga muy bien: explica el modo de hacerle; y propone que se promulgue una ley castigando como un crimen, con bastantes días de cárcel en negro calabozo, al que ó á la que condimente un beefsteak malo, sobre todo echando á perder un buen solomillo. En suma, el arte culinario es para Ingersoll una de las bellas artes. Es como la música y la poesía, y además da sér á la poesía y á la música.
Pero elevándose luego Ingersoll, no es menos sublime que usted en sus moralidades.