En los tres Estudios se advierte un espíritu de contradicción, exaltado por ese malhadado y pretencioso menosprecio, que, como dice usted, hay en Chile, aunque ya va de caída, contra todo lo español. Esto convierte su libro de usted en defensa ó apología; esto disculpa, en cierto modo, la exageración en las alabanzas.

He de confesar á usted también que en ellas advierto desproporción: á saber, que con muchos es usted tan pródigo, que proporcionalmente es corto con otros. En absoluto, á casi todos, en mi sentir, empezando por mí, nos tasa usted en bastante más de lo que valemos.

Como es usted tan joven, y como nos declara con delicada modestia que su libro no es libro, sino notas y proyectos para escribir un libro, los cuales proyectos y notas saca prematuramente á luz, cediendo á los ruegos de un amigo, mis observaciones no deben valer como censura. Si yo las pongo es para que valgan, aunque sean en daño mío, cuando aparezca esa otra obra más meditada y más completa que, según usted nos anuncia, acaso pueda escribir algún día.

Dispénseme usted que insista, hasta con pesadez en mis reparos. Lo hago por el interés que usted me inspira, y que no tiene que agradecerme, ya que la apología de usted, si no pecase por desproporción ni por exageración, nos lisonjearía más y nos sería mucho más útil.

Esa misma desproporción, que noto yo en sus juicios de usted, no nace de parcialidad apasionada, sino de que usted ó bien conoce á unos autores más y por eso los celebra más que á los que conoce menos, ó bien por ser su obra un conjunto de estudios hace usted resaltar á los que son objeto especial de cada estudio, y deja á los otros eclipsados ó en la sombra. De aquí que Revilla, Bactrina y yo, salgamos mejor librados que los otros, salgamos encomiados con exceso.

Fuera de esto, y cuando habla usted en general, muestra usted en sus juicios la equidad y el tino más benévolos, sin que los ofusque ningún espíritu de partido, del cual, por lo mismo que vive usted tan lejos, no puede dejarse influir.

Así tienen, á mis ojos, tanta autoridad las sentencias de usted en desagravio de los autores españoles, injustamente maltratados por críticos españoles. Su voz de usted viene, desde el otro extremo del mundo, á dar la razón á quien la tiene y á tildar de injustas, de apasionadas y de falsas no pocas censuras.

Salvo algún levísimo error en los pormenores, disculpable en quien escribe sobre cosas de aquí desde tan lejos, me parece usted discretísimo y guiado por alto é imparcial criterio, cuando dice que «la crítica estrecha y pequeña no se estila hoy sino cuando se quiere rebajar, con el insuficiente apoyo de yerros aislados y de versos sueltos, méritos verdaderos que por fortuna resisten siempre tan poco elevados ataques.»

«Digan esto por mí, añade usted, las reputaciones de Zorrilla, Gil y Zárate, Rubí, Escosura, Mesonero Romanos, duque de Rivas, Martínez de la Rosa y otros, que tan gloriosamente han resistido las malignas críticas de Villergas; las de Velarde, Ferrari, Cánovas y otros, que no han sufrido ni sufrirán nada con los sermones apasionados de Clarín: las de Echegaray, Cano y Sellés, que se abrillantan más cada día, á pesar de las nimias observaciones de Cañete; y las de Menéndez Pelayo, marqués de Valmar, marqués de Molins, conde de Cheste y otros más, para cuya justa apreciación el público ilustrado desprecia las pueriles invectivas de Venancio Gonzalez (Valbuena).»

No quiero ni puedo extenderme más sobre la primera y la tercera parte de los Estudios de usted.