En estos cuentos del Sr. Roa Bárcena, por lo mismo que están escritos en tan acendrado lenguaje castellano, se notan más los vocablos exóticos que designan objetos de por ahí, aunque rara vez acude el lector con éxito al Diccionario de la Academia para saberlo á punto fijo. Así, por ejemplo, xícaro, zacatón, otate, cuilote, tapextle y abarrotero.
Dejo por hoy de decir más del Sr. Roa Bárcena, y no hablo de Altamirano, ni de Peón y Contreras, ni de los restantes libros remitidos por usted, porque voy á escribir sobre la obra de otro mejicano hace ya muchos años ausente de su patria, que estuvo en España bastante tiempo, y que después lleva pasados en París hasta hoy lo menos treinta y tres ó treinta y cuatro años.
Se titula el libro de este mejicano expatriado Al cielo por el sufrimiento, y está escrito, como ya se entrevé por el título, en esa habla española, desteñida y cosmopolita, que ha de hablarse en París en cierto círculo elegante de hispano-americanos y de españoles residentes en aquella culta y amena capital, centro y foco de la civilización neolatina.
No es menester análisis para señalar los galicismos del libro de que trato. Todo el libro es un galicismo sintético, digamoslo así; pero no lo digamos en son de censura. En este caso, parece la falta que señalo inevitable requisito del valer y del encanto que el libro tiene. Es la obra, no de un literato de profesión, sino de un hombre de mundo, que, casi involuntariamente, sin pretender escribir una novela, fija en el papel sus impresiones y sentimientos, y nos cuenta, con la mayor naturalidad y sencillez, sucesos que ha visto, y tal vez lo que él ha vivido.
Franceses son los personajes del drama, francesas las costumbres que el autor describe, y la sociedad elegante de París y sus casas el medio ambiente y el lugar de la escena. Si se cambiasen la ortografía y la terminación de las palabras, el libro casi quedaría en francés, y, en mi sentir, competiría entonces con cualquiera novela de Feuillet, de Ohnet ó de Cherbuliez, ya que tendría más sinceridad y más verdad, aunque tuviese menos artificio. Es un espejo donde se ve con fidelidad lo mejor y más sano de cierto círculo de gentes, que, colocado entre las pasiones y apetitos de la baja plebe, los esfuerzos y faenas de una burguesía codiciosa y trabajadora, y el torbellino de los ricos viciosos y derrochadores, procura realizar una vida honrada y cómoda de sibaritismo honesto y juicioso, de elegancia católica, y de finura apacible, entreverada de devoción.
Difícil es vivir en esta encopetada y graciosa Arcadia, llena de distinción, perfumada de buen tono, limpia y serena, y cuyos Melibeos y Filis deben tener, á fin de hacer su papel con desahogo, lo menos cincuenta ó sesenta mil pesetas de renta cada uno, y todos suma prudencia, arte y ciencia doméstico-económica, para no dejarse arrebatar por el atractivo del lujo, no gastar más de lo que tienen, no arruinarse, y no tener que salir de la Arcadia para irse á la Tebaida ó á cualquier otro retiro más ó menos penitente.
Es indudable que existe en París uno ó más círculos de esta clase. Son como isla ó islas de reposo en medio de turbulento mar, lleno de sirtes, escollos y bajíos.
No es utopia, sino realidad, esta á modo de nueva Jerusalem en germen y bosquejo, que surge del seno mismo de la moderna Babilonia. Llámanla, creo, beau monde ó monde comm’il faut, y se contrapone á otros mondes, que se marcan con calificativos extraños, como monde camelotte, demi monde, quart de monde, monde interlope, etc.
El autor de Al cielo por el sufrimiento, nos introduce en el círculo, ó en uno de los círculos de ese beau monde de París, donde constantemente ha vivido, y nos le pinta con todos sus pormenores, resultando del cuadro cierta poesía natural y suave. Yo comparo su libro á un vaso gracioso, pongamos de cristal de Venecia, lleno de una poción, no muy dulce para que no empalague, ni muy amarga ó agria para que no ofenda al paladar, y donde se notan el sabor y el aroma de los ingredientes que la componen: vida devota de San Francisco de Sales; música religiosa de Cherubini, Beethoven, Mozart, Rossini y Niedelmeyer; bailes blancos y bailes rosas; trajes de Worth, Rouff, Laferrière, Felix y Pingard; sombreros de Virot ó de Isabel, y guisos de los Gouffé, Lavigne, Chenu, Pasquier, Canivet y sus rivales, discípulos y sucesores.
De todo esto se disfruta en bellísimos salones centro del más refinado confort, y donde se ven acumulados, en artístico y aparente desorden, muñequitos de Sajonia, jarrones de Sèvres, tacitas y juguetes de plata holandeses, cuadros, estatuas y esmaltes, muebles Luis XV, telas Luis XIV, costosas baratijas Luis XVI, relojes de chimenea primer Imperio, y otra multitud de admirables bibelots ó chirimbolos.