Pero ya que estamos en este mundo hechicero y gratísimo, bueno será que diga yo á usted quién nos guía por él y lleva como de la mano.
Aquí me entran ciertos escrúpulos. Yo he recibido el libro por el correo. Ignoro quién me le envía. Y dice el libro: Edición privada. Supongo que esto significa que el libro no es para el público; no se halla de venta. ¿Hasta qué punto, me interrogo, me será lícito criticarle, aunque en la crítica entre por más el elogio que la censura, porque la justicia así lo exige? Pero, al fin, me respondo: el libro está impreso, y, aunque no se venda, circulará. Nadie me encarga que guarde el secreto. No abuso, pues, demasiado de la publicidad. Ojalá que todos los abusos de este linaje fueran tan inocentes como el mío.
Me mueve además á tratar del libro la buena amistad que á su autor profesamos, desde hace casi medio siglo, toda la sociedad de Madrid, y muy en particular mis parientes y mis amigos.
El autor es D. José Manuel Hidalgo.
Su nombre pertenece á la historia política, no sólo de Europa, sino del mundo, en la segunda mitad del siglo XIX. Su intención fué buena. Quiso enviar sosiego, prosperidad, ventura y mayor dosis de civilización á su patria. Si erró en los medios, a i posteri l’ardua sentenza. Importante fué su acción en todos aquellos sucesos que colocaron en el trono de Méjico al entusiasta y noble príncipe Maximiliano, cuya trágica muerte deplora él todavía.
Toda la fingida narración que su libro contiene está impregnada de aquella blanda melancolía, propia de un alma religiosa, lastimada y herida por tremendas catástrofes y por solemnes desengaños. Esta melancolía, si blanda, profunda, brota del centro mismo de las elegancias, primores y refinamientos que el autor describe.
La novela del Sr. Hidalgo, así por el candor inimitable con que está contada, como porque algunos de los lances no vienen dialécticamente justificados, según suele estarlo toda ficción, parece, más que novela, verdadera historia.
A veces, lo confieso con cierto rubor, hay en la novela sublimidad y delicadezas de sentimiento, que dan tan crueles resultados, que yo, movido á compasión, siento deseo de ingerirme entre los personajes y de aconsejarles que transijan y sean menos severos.
La condesa viuda de Hautmont es un dechado de talento, piedad, virtud y distinción aristocrática; pero la situación en que tiene al pobre Sr. Zentres es cruelísima. A la verdad, yo entiendo que, pasados cinco ó seis años de viudez sin ofender á Dios, sin faltar á la memoria de su primer marido, y muy en consonancia con todas las reglas y liturgias, la Condesa hubiera debido modificarse, ser menos cogotuda, casarse, en una palabra, con el Sr. Zentres, y no hacer de él un Tántalo de corbata blanca, un perpetuo patito y un mártir crónico del amor mal pagado. Y todo esto teniéndole siempre al lado suyo, á modo de apéndice, que sabe Dios lo que dirían las malas lenguas: el gran Galeoto, que hasta en el mundo más comm’il faut asiste y hace de las suyas.
La lastimosa situación del Sr. Zentres me explica aquel capricho del infante D. Alfonso de Portugal, cuando ordenó al escritor que rehizo la historia de Amadis de Gaula que cediese este héroe, hasta con permiso de la señora Oriana, á la tenaz y vehemente pasión de aquella otra princesa llamada Briolanja, que por él moría, sin remedio, de amores. Tanto me afligen las malas andanzas del Sr. Zentres, que respiro cuando después de la muerte de la Condesa, se hace él monje cartujo, considerando yo que el cuitado entra á hacer vida mucho menos penitente que la que antes hacía.