Tabaré, que está enfermo, infunde piedad y simpatía á Blanca y al P. Esteban,
«Encarnación de aquellos misioneros
Que del reguero de su sangre hacían
La primer senda en medio del desierto,
Y marcaban el sitio
Hasta el cual penetraba el Evangelio,
Con el cadáver solo y mutilado
De algún mártir sin nombre y sin recuerdo.»
Por intercesión del misionero y de Blanca, Tabaré queda libre, bajo su palabra de no fugarse de la colonia.
Como Tabaré anda melancólico y ensimismado, excita más la piedad y el interés de Blanca, que le habla á veces. Si responde el indio, rompiendo su obstinado silencio, ó si el poeta responde por él, interpretando su mirada y sus ademanes, queda en esfumada indeterminación lírica. Á la verdad que lo que dice el indio es el sentir y el pensar del indio; pero apenas se concibe que el indio pudiera expresarlo. El encanto de la poesía vence esta dificultad, y aun saca de ella más hermosura.
Blanca habló á Tabaré.
«Él se detuvo, sin alzar la frente,
Cual llamado á lo lejos;
Cual si la voz tardara largo espacio
En ir desde el oído al pensamiento.
Quedó fijo; temblaba como el arpa
Que ha sacudido el viento;
Como el corcel que en su carrera escucha
El bramido del tigre en el desierto.
Así como una piedra,
Al fondo del abismo descendiendo,
Despierta temerosas resonancias,
Voces lejanas, quejas y lamentos,
La voz de la española
Descendió al alma del salvaje enfermo,
Y en ese abismo despertó la vida,
La queja, el grito del dolor y el tiempo.»
Tabaré habla entonces á Blanca. Sus palabras carecen de orden y concierto. Brotan de sus labios como tropel de sombras y luces. El poeta es, pues, quien ordena este caos, y le trueca en bellas canciones americanas:
«¡Oh! ¡sí! yo sé que acechas
Mis horas de dolor;
Sé que remedas alas de jilgueros
Donde yo estoy.
Yo sé que tú el secreto
Conoces de mi sér,
Y sé que tú te escondes en las nieblas...
¡Todo lo sé!
Que gimes en el viento;
Que nadas en la luz;
Que ríes en la risa de las aguas
Del Iguazú;
Que miras en las altas
Hogueras de Tupá,
Y en las lunas de fuego fugitivas
Que brillan al pasar.
Tú, como el algarrobo,
Sueño das á beber,
Y das la sombra hermosa que envenena
Como el ahué.
Yo, temiendo tu sombra,
Tiemblo y huyo de tí,
Y tú en el despertar de mis memorias
Vas tras de mí.»
Luego habla el indio del recuerdo de su madre, que Blanca reanima en su mente:
«Era así como tú... blanca y hermosa;
Era así... como tú:
Miraba con tus ojos, y en tu vida
Puso su luz.