Yo la ví sobre el cerro de las sombras
Pálida y sin color.
El indio niño no besó á su madre...
No la lloró.
. . . . . . . . . . . .
Hoy vive en tu mirada transparente
Y en el espacio azul...
Era así como tú la madre mía;
Blanca y hermosa...; pero no eres tú.»

El amor singular del indio hace que despunte en el alma de Blanca, como en el cielo sereno y puro, una remotísima é indecisa aurora de amor, tan indefinida, que se confunde con la piedad, con la conmiseración, con la caridad cristiana.

En tal estado vaga Tabaré en silencio por la colonia; y, de día, le juzgan loco, y por la noche, la gente crédula le imagina alma en pena ó fantasma.

Varios soldados persiguen al fantasma y le acometen; Tabaré se defiende, y quiebra entre sus fuertes dedos el asta de la lanza de un soldado. Hubiera muerto entonces, si no acude el P. Esteban y le salva.

El lance ocurrido y la singular y sombría condición del indio, avivan las sospechas de Doña Luz y de otros sujetos de la colonia, que no creen posible que un charrúa se civilice y deje de ser una fiera, y, á pesar de la generosa y confiada resistencia de D. Gonzalo, éste cede al fin y despide á Tabaré, para que vuelva á los bosques, á su vida de indio bravo.

La compasiva Blanca ve al indio antes de partir. En la mente del indio, Blanca sigue siendo un sér ideal:

«Con alas invisibles en la espalda»,

y en los ojos, con la luz de la aurora,

«Que el seno oscuro de la noche aclara»;

pero la arisca fiereza del indio, y su sér de charrúa indómito, que lucha dentro de su pecho con la suave y amorosa condición que heredó de su madre, se oponen en esta ocasión á que Blanca comprenda que el indio la quiere bien. Blanca cree que la odia y que odia á todos los cristianos.