Elegido ya ó reconocido como jefe, Yamandú excita á los indios á una expedición contra los españoles. No puedo resistir á la tentación de copiar aquí parte de su discurso:

«¿Queréis matar al extranjero blanco?
Seguid á Yamandú.
Yo sé matarlo como al gato bravo
De los bosques del Hum.
Los cráneos de los pálidos guerreros
Al indio servirán
Para beber la chicha de algarrobas
Y el jugo del palmar.
Sus rayos no me ofenden, en su sangre
Se hundirán nuestros pies:
Sus cabelleras en las lanzas nuestras
El viento ha de mover.
Virgenes blancas que en los ojos tienen
Hermosa claridad,
Encenderán en nuestros libres valles
Nuestro salvaje hogar.
En esos días de las horas largas
En que canta el sabiá,
Y al pie de la barraca está el bañado
Dormido en el juncal;
En esas noches en que se oye á ratos
El canto del urú,
Las virgenes esclavas del charrúa
Brillarán con su luz.
Sus cuerpos son más blandos que el venado
Que acaba de nacer,
Y tiemblan como tiembla entre la hierba
La verde caicobé.
Sus cabellos parecen los renuevos
Más tiernos del sauzal,
Sus bocas se abren como el dulce fruto
Que da el burucuyá.
¡Vamos! ¡Seguidme! El extranjero duerme,
¡Duerme en el Uruguay!
¡El sueño que en sus ojos se ha sentado,
No se levantará!»

En efecto: Yamandú ha visto también á Blanca. Ha nacido en su pecho una pasión muy diversa de la de Tabaré y más propia del salvaje. El ansia de robar y gozar á Blanca y el deseo de matar á los españoles le inspiran el plan de una sorpresa nocturna y de un asalto á la colonia de San Salvador. Los indios caminan ya tácita y cautelosamente hacia la colonia, durante la noche, mientras duerme la guarnición descuidada.

«¿No veis entre las ramas asomarse
Los temerosos rostros de los indios,
Embijados de rojo, y dibujados
Con trazos verdes, negros y amarillos?
Las plumas de sus frentes se confunden
Con las hojas del cardo; el remolino
Del viento suave, al agitar las ramas,
Descubre aquí y allá rostros cobrizos.»

Salen del matorral, por donde iban medio agachados, y dan ocasión para que el poeta nos nombre á algunos.

«Aquel es Ibipué. ¿Quién no conoce
Al tubichá, tan fiero como listo,
Que al avestruz alcanza y al venado,
Y apresa entre las aguas al carpincho?
Cayú es aquel que corre entre las chircas.
Se le conoce en el profundo signo
Que, con su hacha de piedra, le ha grabado
En la cabeza el arachan Siripo.
¿También tú, Guaycurú? De los cristianos
Tú te dijiste servidor sumiso;
Ese casco que llevas y esa adarga
De Garay los ganaste en el servicio.
Tú fuiste el mensajero de tu tribu:
Rompiste en la rodilla tu macizo
Arco de ñandubay, y en tu piragua,
Ó á nado, en son de paz, cruzaste el río.
¿No es esa una mujer? Es Tabolía.
Sabe arrancar la piel al enemigo,
Y ya más de una de ellas ha colgado
En el movible toldo de sus hijos.
Ella no exprime el fruto del quebracho,
Ni recoge en la selva para su indio
La miel del guabiyú, ni lleva el toldo,
Ni entona el yaraví de triste ritmo.
Tiene en su labio el signo del guerrero;
Suena en la lucha su salvaje grito,
Y en el desnudo seno apoya el arco
En que viene la muerte á hacer su nido.»

La expedición tiene, al principio, el éxito que Yamandú deseaba. San Salvador es sorprendido. La lucha es terrible, y bien pintada. Arden muchas casas. Los indios dan muerte á no pocos españoles; pero éstos se rehacen, y ponen en fuga á los invasores.

Yamandú logra, no obstante, su principal objeto. En medio del tumulto, de la confusión y del horror de la batalla y del incendio, roba á Blanca, y se la lleva á la selva sagrada donde tiene su guarida.

Sucédense luego la desesperada furia de don Gonzalo al saber el rapto de su hermana, su idea de que es Tabaré quien la ha robado, y su inútil persecución para libertarla.

Entretanto, Yamandú ha llevado á Blanca á lo más esquivo del bosque, donde el terror impide que penetren los otros indios, que no son payés, como él. El es hechicero, y no teme; antes bien domina á los espectros y genios que siguen á Añanguazú.