La situación es desesperada. Blanca yace en el suelo sin sentido. Vuelve en sí, y se mira en el centro de la selva. En la oscuridad medrosa ve relucir las lascivas pupilas de Yamandú, que aguarda que vuelva ella de su desmayo.

Algo de inesperado ocurre entonces, sin que Blanca atine á darse cuenta. Oye crujido de ramas que se apartan con violencia; después pasos, después gritos ahogados, y al fin ruido como de una lucha muda y tremenda.

En suma; Tabaré ha venido en socorro de Blanca: ha caído sobre Yamandú, y ha logrado matarle, estrujándole el pescuezo entre sus dedos.

Contar, como quien escribe un índice, todos estos sucesos y el final desenlace, es destruir el efecto artístico, que pueden producir, y que, á mi ver, producen. Menester es, no obstante, llegar al final rápidamente.

Tabaré salva á Blanca, que está casi exánime y la lleva hacia la colonia.

D. Gonzalo, que sigue buscando á su hermana, ve al indio, que corre teniéndola en sus brazos, y á quien cree el raptor. D. Gonzalo ciego de ira se lanza sobre Tabaré y le atraviesa con su espada. Blanca, que comprende ya todo el amor, toda la sublime devoción del indio, se abraza estrechamente con él, moribundo; llora y le llama. Tabaré muere.

Así termina la acción de la leyenda, cuya trascendencia y elevación merecen que de epopeya la califiquemos. El poeta, como Hugo Foscolo ha dicho de Homero, aplacando con su cantar las afligidas almas de los vencidos, ha trazado con alto estilo la inevitable, la providencial desaparición de las razas, que llegan á ponerse con la civilización en indómita rebeldía. El poeta, español de raza, ensalza á los españoles vencedores, como Homero ensalzaba á los griegos; pero las lágrimas son para Tabaré. Las lágrimas son para Héctor y Príamo. No hay una sola página del poema de Juan Zorrilla que no esté impregnada de tierna y piadosa melancolía. Sobre el americanismo del poeta están aquellos sentimientos fervorosos de caridad cristiana, de amor á todos los hombres, tan propios del alma española, y que resplandecían en los misioneros, en los legisladores de Indias, y á veces, cuando la codicia ó la ambición no los cegaba, hasta en los mismos tremendos conquistadores, por más que no todos fueran como D. Gonzalo de Orgaz, sino foragidos y desalmados aventureros.

Lo que América debe á España es tanto é importa tanto, que el poeta, exaltado por el fervor de la sangre que lleva en sus venas, da á veces á España tales alabanzas, que, al llegar á España, tan postrada y abatida hoy, la consuelan y la sonrojan á la vez. El poeta imagina que acaso cuando en edad remotísima se hundió la Atlántida, no cabiendo su inmensidad en los mares resurgió ó sobrenadó en parte, formando ambas Américas, y separándose así de la parte capital que no se hundió: de España, que había sido y había de volver á ser su cabeza.

El pueblo español es, para el poeta,

«El pueblo altivo que, en la edad sin nombre,
Era el cerebro acaso
De aquel dorso gigante y misterioso,
Ya sumergido en el abismo atlántico;
Que, no teniendo en su profundo seno
Para el coloso espacio,
Dejó asomar sobre la vasta tumba,
Miembro insepulto, el mundo americano.»