Luego añade: «Nuestro amigo D. Juan Valera puede tomar nota de este sucedido para sus notables Cartas Americanas

Confieso que la lectura del suelto de La Epoca me disgustó no poco. Harto sé yo que el odiar á España, aunque sea injusto, y el agraviarla, aunque es indigno y odioso, no impide que, en todo lo demás, las cosas sean como son, y no de otro modo; ni destruye el valor literario y poético de Cumandá, ni el talento y la discreción que en la Ojeada y en otras obras de usted se advierten. Sin embargo, mi gratitud hacia usted por haberme enviado los libros no podía menos de enfriarse, á ser cierto que era un enemigo de mi patria quien me los enviaba, y mis alabanzas á dichos libros, aunque fuesen alabanzas merecidas, habían de sonar mal en mi boca y ser algo contrarias al patriotismo de que blasonamos los españoles.

No me tranquilizaba yo con parodiar á Quintana aplicando á este caso aquello de

«Inglés te aborrecí, héroe te admiro:»

y diciendo: repruebo la conducta y las malas pasiones de usted con respecto á España: pero no puedo menos de celebrar á usted por sus escritos.

Yo preferiría creer y hacer creer que los pecados de usted contra España no son tan grandes como La Epoca supone. Movido de este deseo voy á ver si le logro en parte, empezando por defender á usted de la acusación, hasta donde pueda, antes de hablar por extenso de sus obras literarias, si bien de sus obras literarias tengo que hablar desde un principio, ya que en ellas aspiro á encontrar demostraciones claras de que usted no aborrece á España ni á los españoles.

Antes de que la Academia Española eligiese á usted académico correspondiente, por lo cual en el suelto citado la censura La Epoca, había usted escrito no poco en prosa y en verso, haciéndose merecedor de aquella honra; pero usted, con extraordinaria modestia, no lo consideró así y creyó que debía hacer algo que fuese testimonio de su gratitud y de que la Academia no había hecho una elección desacertada. Entonces escribió usted Cumandá y se la dedicó al director de la Academia ó más bien á la Academia misma, ya que usted ruega al director que presente la obra á la Academia, y termina diciendo: «Ojalá merezca su simpatía y benevolencia, y la mire siquiera como una florecilla extraña, hallada en el seno de ignotas selvas, y que, á fuer de extraña, tenga cabida en el inapreciable ramillete de las flores literarias de la madre patria.»

En las pocas palabras del texto que copio hay una serie de afirmaciones contrarias á ese odio que á usted atribuyen. Admira usted y ensalza nuestra literatura; desea que su novela tenga cabida en ella, como florecilla extraña y selvática que se pone en inapreciable ramillete de ricas flores; y llama, por último, madre patria á esa España, á quien suponen que usted odia.

Resulta, además, que Cumandá, que es á mi ver de lo más bello que como narración en prosa se ha escrito en la América española, debe su ser al deseo de usted de mostrar á la Academia su gratitud y suficiencia; todo lo cual redunda en gloria de España y es nuevo lazo de amistad entre ella y su antigua colonia, hoy República del Ecuador.

Convengo, á pesar de lo dicho, en que no basta la prueba aducida para justificar á usted. El ánimo de todo hombre es inconsecuente y voltario. Pudo usted en aquella ocasión ser muy hispanófilo, sin dejar de ser misohispano en otras mil ocasiones.