La cuestión, no sólo por el caso singular de usted, sino por lo que tiene de general, merece ser tratada y dilucidada. Cedo, pues, al prurito de decir algo sobre ella. Esto hará sin duda que mis cartas á usted sean más en número y más extensas de lo que yo había pensado.
Espero que usted y el público tendrán la paciencia de leerlas.
Lo primero que noto es que las relaciones entre España y los americanos emancipados tienen que ser muy diversas de las relaciones entre yankees é ingleses. Entre los yankees no hay ó hay apenas elemento indígena. Ora porque los indios del territorio de los Estados Unidos fuesen más rudos é incivilizables, ora porque los europeos colonos, de raza inglesa, tuviesen menos caridad y menos paciencia y arte para domesticar, ello es lo cierto que no hay entre los yankees muy numerosa población india reducida al vivir culto y político, ni hay tanto mestizo de europeo y de indio como en las que fueron posesiones españolas. De aquí que á nadie se le ocurriese ni se le pudiese ocurrir entre los yankees, cuando se sustrajeron al dominio de la Gran Bretaña, la estrafalaria idea de que aquello era algo á modo de reconquista, como cuando los egipcios echaron á los hicsos, ó los españoles echaron á los moros, ó los griegos del Africa y del Peloponeso se libertaron de los turcos.
En cambio, en casi todas las Repúblicas hispano-americanas se ha dicho, en verso y en prosa, algo de que la guerra de emancipación fué guerra de independencia y reconquista. El inca Huaina-Capac se aparece al poeta Olmedo, cuando celebra éste la Victoria de Junin sobre los españoles, y le profetiza la nueva victoria que los insurgentes han de alcanzar después en Ayacucho, como si los insurgentes fuesen indios y no españoles también, y como si tratasen de restablecer el antiguo imperio peruano y no repúblicas católicas, según el gusto y las doctrinas europeas.
De aquí nacen motivos de enojo en abundancia y dificultades á montones, que hacen el trato entre españoles é hispano-americanos en extremo vidrioso ó sujeto á quiebras. Si les decimos que son españoles como nosotros suelen picarse, porque desean ser algo distinto y nuevo, y si no todos, muchos se pican también si los creemos indios ó semi-indios.
Hay en los hispano-americanos, aun en los más discretos y sabidos, mil injustas contradicciones.
«Las leyes de Indias, dicen, las Ordenanzas de Carlos V, las de D. Fernando de Aragón y de doña Isabel la Católica eran buenas y protectoras. Desde que el Papa declaró en una bula que los hijos de América eran hombres, los reyes de España dictaron leyes para ampararlos y favorecerlos; pero burlándose de esas leyes los colonos españoles maltrataron á los indios, los azotaron, los humillaron y los hicieron trabajar hasta morir, como si fuesen acémilas, etcétera, etc.» Al decir esto, los americanos de ahora no advierten que ellos son los que se condenan, si no son indios puros. Los que dictaron las leyes protectoras estaban aquí, y por aquí se han quedado; pero los verdugos codiciosos y empedernidos de los indios, lo probable es que, salvo raras excepciones, se quedasen todos por allá, y que esos antiespañoles, declamadores acerbos por pura filantropía, no sean otros sino sus descendientes.
Tiene mucha gracia la disculpa á que acuden ustedes para explicar lo poco que han hecho por los indios en los sesenta ó setenta años que llevan de independencia. «Hemos abolido las mitas, dicen ustedes, hemos suprimido el tributo personal y hemos desechado el azote.» Pero ¿se debe esto á la independencia, ó al progreso de la cultura y de la moralidad entre todos los pueblos cristianos? ¿Es posible que alguien crea de buena fe que si el Ecuador y Colombia fuesen hoy aún colonias españolas habría allí mitas, tributo personal, servidumbre y azotes?
Independiente la que fué América española, lo mismo que si no fuese aún independiente, ya no puede haber ni hay esclavitud en ella. Los indios son libertos de la ley. Pero añade su ilustre compatriota de usted Juan Montalvo, á quien me complazco en citar, «son esclavos del abuso y de la costumbre.» En seguida describe elocuentemente los malos tratos y las faenas á que someten aún al indio en el Ecuador, y acaba por exclamar: «Si mi pluma tuviese don de lágrimas, yo escribiría un libro titulado El Indio, y haría llorar al mundo.» Y esto lo dice Juan Montalvo más de medio siglo después de que ese indio y el inca Huaina Capac triunfaron en Ayacucho de los pícaros españoles. Los españoles, no obstante, siguen teniendo la culpa de todo, aunque vencidos. Juan Montalvo lo declara: «No—dice;—nosotros no hemos hecho este sér humillado, estropeado moralmente, abandonado de Dios y de la suerte: los españoles nos le dejaron hecho y derecho, como es y como será por los siglos de los siglos.»
Lo absurdo de este sofista declamador no merecería respuesta, si no estuviese algo del mismo sentimiento en la masa de la sangre de no pocos hispano-americanos, que así escupen contra el cielo y les cae encima: porque si son indios de sangre se declaran humillados, moralmente estropeados y abandonados de Dios por los siglos de los siglos: y si son españoles, reos de la muerte moral y de la condenación perpetua é irremediable de millones de séres humanos; y si son mestizos, son abominable amalgama de español y de indio, de la raza degradada y del cruel y tiránico verdugo que acertó á degradarla para siempre.