No es posible, por devastadores y malvados y fanáticos que supongamos á los españoles del tiempo de la conquista, que hiciesen desaparecer de la tierra americana y del alma y de la memoria de los indios todos los primores de su civilización, si en alguna parte los hubo.

Para Méjico no deja usted de traer á cuento el auto de fe que de muchos manuscritos ó pinturas simbólicas hizo el arzobispo D. Juan de Zumárraga; pero ni ahí, ni en el Perú, hubo ni Zumárraga ni Omar que incendiase las bibliotecas, y sin embargo, ¿dónde están las odas, los dramas, las filosofías y las teologías que del Perú y del primitivo reino de Quito nos han conservado los doctos? Sólo cita usted una composición poética quichua sin atreverse á decir terminantemente que sea anterior á la venida de los españoles. Sin duda la compuso algún indio ya algo civilizado, á imitación de los versos de Castilla. Dice usted que es una poesía sencilla y graciosa que nos da idea de la genuina poesía de los antiguos indios. La poesía es breve, y ya es una ventaja. Consta de 76 sílabas, ó sea de 19 versos de á 4. Tres versos acaban en munqui y dos en súnqui, y un verso entero es cunuñunun, por el cual se puede presumir lo melodioso de los otros.

Los tales versos son la única reliquia que ostenta usted de la genuina civilización de esas tierras, donde no sólo había aravicos ó poetas, sino también amautas ó sabios y filósofos.

Las coplas que trae usted además en lengua quichua, y la lamentación sobre la muerte de Atahualpa son ya de nuestro tiempo: obra de los amautas y aravicos, que no se sepultaron como se sepultaron los más de ellos, «por no ver, como usted dice, las atrocidades de los blancos.»

En suma, si fuésemos á dar crédito á los primeros capítulos de la Ojeada de usted, España no llevó á América la civilización y la ley de gracia, sino la barbarie y todos los vicios. Nosotros empujamos á esa sociedad «en el abismo de tinieblas y de males, del cual la habían sacado la inteligencia, el raro tino político y la gran fuerza de voluntad de los incas;» lanzamos sobre América «una tempestad de vicios y crímenes;» y tratamos de aniquilar en todas partes los elementos de vida intelectual,» é hicimos «desaparecer la cultura de los indios entre el humo y los vapores de la matanza.»

Todo esto lo decía usted en 1868. Si después no hubiera usted modificado sus opiniones, La Epoca tendría razón en la advertencia que me hizo: usted odiaría á los españoles, y no sin fundamento, aunque erróneo.

Desde 1868, usted ha cambiado mucho, como ya se verá. Por otra parte, aunque usted no hubiera cambiado, Cumandá no dejaría de ser una preciosa novela.

Antes, sin embargo, de hablar de Cumandá, quiero yo decir á usted algunas razones más para ver si desarraigo de su espíritu los restos que aun queden en él de ese fundamento erróneo que le movió á odiarnos como nación. Lo que es individualmente, yo calculo que no nos quiere usted mal, y por mi parte le estimo y aun me inclino á ser amigo de usted, á pesar de los errores, que supongo pasados.

II.

Muy estimado señor mío: Cada cual tiene su teoría para explicar la historia. Yo tengo la mía, que ni es nueva, ni inventada por mí, ni yo pretendo hacer que usted la acepte, si es que usted piensa de otro modo. Sólo voy á exponerla aquí en breves palabras para sentar la base en que se apoya lo que yo pienso sobre el soñado progreso y creciente civilización de los indios de América cuando llegaron por ahí los españoles.