Dejo á un lado las árduas y profundas cuestiones, que tanto se rozan con las doctrinas religiosas, de si hubo ó no revelación primitiva, de si el linaje humano proviene todo de una pareja ó de muchas y de si apareció á la vez en varias regiones del globo ó en una sola. Tomemos el asunto menos ab ovo, y harto podemos afirmar sin que nadie se escandalice que el hombre, ó bien por olvido de la primitiva revelación y de la cultura que de ella había nacido, ó bien sin necesidad de olvidarlas, porque no las había tenido jamás, empezó en todos los países por el estado salvaje, ó cayó ó recayó en él por motivos diversos difíciles de explicar.
Dicho estado, pues, ya inicial, ya por decadencia y corrupción, no coincide ni ha coincidido nunca en todos los países. Aun en el día, á pesar de los cómodos y rápidos medios de comunicación, hay salvajes en el centro de Africa y en algunas islas del mar del Sur y en varios lugares de América, mientras por acá gozamos de electricidad, vapor, fotografía, Submarino Peral, torre Eiffel y novelas naturalistas.
Las diversas tribus y castas de hombres que viven en el mundo han ido siempre, en su marcha ascendente hacia la cultura, adelantadas unas y atrasadas otras. Los pueblos del Mediodía de Europa llevaban la delantera desde hace veinticinco siglos. Después, según dicen, los meridionales de Europa hemos decaído y nos hemos rezagado; pero sigue en Europa, y es ya casi indudable que seguirá por largo tiempo, el estandarte ó guión de la cultura, que hoy tienen entre manos franceses, alemanes é ingleses, y que tal vez aspiran á levantar también en alto los rusos.
Como quiera que sea, y ora prevalezca una nación, ora otra, es evidente que la civilización de Europa prevalece, se difunde por el resto del mundo y le domina todo. La América de hoy, en lo humano y en lo culto, no es más que una parte de esta Europa transportada á ese nuevo y vasto continente. Hoy la civilización americana es una prolongación de la civilización europea. España, Portugal, Inglaterra y Francia han llevado ahí sus idiomas, sus ciencias, sus artes y su industria.
Posible es que con el andar de los siglos, y en virtud del medio ambiente y de la mezcla de la sangre de los europeos con la sangre de los indios y hasta de los negros importados de Africa venga á resultar ahí algo extraño, nuevo, muy distinto, tal vez superior á lo de Europa; pero si esto ocurre me parece que tardará mucho en ocurrir, y por lo pronto, esto es, durante doscientos ó trescientos años (y fijo tan corto plazo porque el mundo va deprisa), seguirán ustedes siendo europeos trasplantados, y sus repúblicas, con relación á los Estados de Europa, á modo de mugrones, lo cual no es negar que cada uno de estos mugrones llegue á ser ó ya sea vid más lozana, robusta y fructífera que la vieja cepa de que brotó.
Lo que yo sostengo es que ni el salvajismo de las tribus indígenas en general, ni la semicultura ó semibarbarie de peruanos, aztecas y chibchas, añadió nada á esa civilización que ahí llevamos y que ustedes mantienen y quizá mejoran y magnifican. Y aunque lo anterior al descubrimiento de América sea muy curioso de averiguar y muy ameno de saber, importa poco y entra por punto menos que nada en el acervo común de la riqueza científica, política, literaria y artística de ustedes, heredada de nosotros y acrecentada por el trabajo de ustedes, y no por ningún legado ó donativo de los indios.
Pero, ¿qué donativo podían los indios hacer si nosotros destruimos con mano airada cuanto podía constituir el donativo? Esta es la tremenda acusación que ustedes nos hacen ó más bien que ustedes se hacen, pues sin duda ustedes son los más directos descendientes de aquellos feroces españoles que fueron á destruir civilización tan donosa.
Un ilustre cubano, D. Rafael Merchan, que vive en Bogotá ahora, se extrema más que usted en esta acusación. Todo iba por ahí divinamente. Acaso habían sido Manco-Capac y Bochica más sabios que Sócrates y que Aristóteles. Acaso, si no llegamos ahí los españoles, los indios se perfeccionan, nos cogen la delantera, y son ellos los que vienen á Europa á civilizarnos. Si Colón, Cortés y Pizarro no van á América en los siglos XV y XVI, es probable que en el XVII los emperadores aztecas ó los incas nos hubieran enviado navegantes y conquistadores que hubieran descubierto, conquistado y civilizado la Europa allá á su modo.
Por fortuna, los españoles madrugamos, fuimos por ahí antes de que los indios despertasen y viniesen, y dimos al traste con todo. «Todo pereció—dice el Sr. Merchan—razas, monumentos, libros, ídolos, cultos, ciencias, todo quedó destruído.»
El Sr. Merchan dice, y dice bien, que los séres inteligentes, aunque no nos conozcamos y vivamos en regiones distintas, realizamos un pensamiento común y contribuimos á una grande obra. Pero los españoles fuimos por ahí y arrancamos medio mundo á esa elaboración universal. Y no contentos con arruinar la civilización americana quisimos borrar y borramos hasta la memoria de ella, arrasando «los monumentos más apreciables y convirtiendo ese Continente en una inmensa tumba de razas que tenían tanto que decirnos».