Peor aun que con la biblioteca pública (que fué la de los padres jesuítas) se condujeron ustedes, ya independientes, con las bibliotecas de otros conventos. «Ni los gobiernos ni los prelados, dice usted, han tomado interés en que tales depósitos del saber humano se mejoren ó se conserven». Centenares de volúmenes se han vendido á real, sin duda para envolver alcarabea.
Para que vea usted cuán imparcial y desapasionado soy, yo creo que usted exagera las pérdidas y la feroz destrucción de la literatura y de la ciencia coloniales por los ya libres ecuatorianos, como exageró antes la destrucción de la ciencia y de la literatura quichuas por sus conquistadores.
La verdad debe de ser que en esa naciente colonia, tan remota, no pudo haber muy notables producciones literarias, durante el siglo XVI, cuando la colonia materialmente se establecía; ni tampoco en el siglo XVII, durante el cual la misma metrópoli estaba en decadencia y bastante inficionada por el culteranismo y por el fanatismo. Lástima es, con todo, que se hayan perdido escritos históricos, y algunos versos culteranos, como los de la poetisa quiteña doña Jerónima Velasco, á quien Lope eleva á las estrellas, en el Laurel de Apolo; la llama divina, y la coloca sobre Erina y Safo. Algo había de valer esta doña Jerónima, á pesar de la sabida prodigalidad de Lope en las alabanzas.
Por lo demás, la poesía ecuatoriana del siglo XVII era extremadamente gongorina; y los poetas, jesuítas ó discípulos de jesuítas. El Ramillete de varias flores poéticas, publicado en Madrid en 1676 por el guayaquileño Jacinto Eria, nos da muestras de todo lo dicho, bastantes para consolarnos de que otras flores del mismo suelo y condición cayesen en el río del olvido y se perdieran, arrebatadas por la corriente, sin llegar á formar ramilletes nuevos.
Restaurado después el buen gusto, ya á mediados del siglo XVIII, empieza verdaderamente á florecer la literatura en el Ecuador. Sus más hábiles y dichosos cultivadores fueron aun los padres jesuítas, cuya tiránica expulsión de todos los dominios de España fué un mal grande para el Ecuador. Sacó de ahí el más fructífero centro de cultura y perjudicó mucho á las florecientes misiones en que los padres atraían á los indios á la vida pacífica y cristiana, á la agricultura y á la civilización. Aquellos jesuítas ecuatorianos fueron, como los españoles de la Península, á refugiarse en Italia, y en Italia dieron también claro testimonio de su saber y su ingenio.
Sería adulación suponer que descolló entre estos jesuítas ecuatorianos ninguno de aquellos varones portentosos que se llaman genios; pero, ¿cómo negar que hubo hombres de talento no común, no indignos compañeros de nuestros Islas, Hervás, Andrés y Lampillas, y que en Italia mostraron la ilustración que tuvo y difundió la Compañía, así en la Península como en sus más distantes colonias? El país en que se habían formado hombres como los padres Velasco, Aguirre, Rebolledo, Garrido, Andrade, Crespo, Arteta, Larrea, Viescas y Ullauri, era sin duda un país donde las letras se cultivaban con éxito y con esmero. Las poesías en castellano, en italiano y en latín, de estos expatriados jesuítas, son muy estimables. En mi sentir, usted se muestra con ellas más severo que indulgente. Entre los expulsados jesuítas ecuatorianos hubo también naturalistas, eruditos é historiadores. El padre Juan de Velasco, por ejemplo, nos ha dejado una interesante Historia del Reino de Quito.
A pesar de la expulsión de los jesuítas, no se amortiguó ahí la antorcha del saber. Bien merece llamarse ilustrado en las colonias el gobierno de Carlos III y de sus sucesores hasta el momento en que se proclamó la independencia. La más brillante demostración de tal verdad la dieron los mismos eminentes americanos que tanto honraron á su patria en las Cortes de Cádiz, que pelearon por la independencia y que la cantaron en hermosos é inmortales versos. Sucre, Bolivar, Olmedo, Bello y muchos otros, bajo el régimen colonial habían sido educados.
Olmedo es el más notable de los poetas hispano-americanos lírico-heroicos. Merecidos son los elogios que usted le tributa. Nada puedo añadir ni nada quiero rebajar tampoco. Mi querido amigo D. Manuel Cañete ha escrito un hermoso estudio sobre Olmedo, y usted reconoce que no le escatima los aplausos y que le perdona la dureza con que á veces nos trata, por la hermosura de la dicción y por la sublimidad poética y por la pasión de patriotismo exclusivo que al vate inspiraba entonces.
Si yo procediese con enojo, y no con afecto, diría ahora: ¿Cómo fué que desde que ustedes sacudieron el pesado yugo de España (no hablamos aquí de ciencias, pues me limito á hablar de la poesía de que habla la Ojeada) apenas han tenido ustedes un buen poeta? La Ojeada llega, creo, hasta 1868, y hasta entonces no cita usted autor de versos que se eleve sobre el nivel de la medianía.
Casi todos los poetas son doctores: el doctor Riofrío, el doctor Carvajal, el doctor Corral, el doctor Cordero, el doctor Castro, el doctor Avilez, el doctor Córdoba. A todos estos doctores, y á otros que no lo son, los iguala usted en el tocar ó pulsar la lira. A todos, al ponerlos usted en su Ojeada, los pone en berlina, con delectación morosa, examinando sus composiciones y dejándolas harto mal paradas.