Me admiro de la crueldad de usted, tal vez indispensable. En pradera regada por una mala pero fecundante fuente Hipocrene, donde crecen con viciosa lozanía tantas yerbas inútiles ó nocivas, que tal vez ahogan el trigo y las bellas flores que pudieran granar, ó abrirse y ofrecer alimento ó aroma, me le figuro á usted armado de terrible almocafre, escardando cuanto hay que escardar sin reparo y sin lástima.
¿Qué estragos no hace su almocafre de usted en esa Lira ecuatoriana, jardín de selectas plantas reunidas por otro doctor, el doctor Molestina? El verdadero molesto ha sido usted, y no él. Usted declara que el desventurado doctor Molestina no anduvo feliz en la elección de las piezas: maldice la abundancia; asegura que se contentaría con diez composiciones dictadas por las musas, y exclama, por último, «cargue el demonio con todo lo demás, que acaso es obra suya.»
Pero hablando con mayor seriedad, usted no es molesto sino al doctor Molestina y á los poetas que usted severamente censura. Su Ojeada de usted está llena de excelentes consejos, de gracia, de discreción y de muy sana crítica. La pintura que hace usted de los vicios de la poesía en el Ecuador y en toda la América meridional es tan atinada y viva que no parece sino que puede aplicarse á los malos poetas que también abundan por aquí. La diferencia está en que aquí, salvo cuando la apasionada enemistad mueve la pluma, nadie critica á mi ver con la crudeza que usted critica. Tal vez suponemos que lo malo morirá de muerte natural, sin que el crítico lo mate. Tal vez templa aquí el rigor crítico la consideración que tan chistosamente aduce usted de que el poeta dice sus inmortales y maravillosos versos, inspirado por el Dios, de suerte, que cuando el Dios no le inspira, suele decir vulgaridades ó desatinos, y así, es menester sufrir éstos para que salgan aquéllos á relucir, pues el poeta mismo ignora cuándo le inspira el Dios, cuando no le inspira nadie, ó cuando le inspira y le empecata el diablo. En apoyo de esto cita usted, con oportunidad ingeniosa, ciertas elocuentes razones de Platón, y el ejemplo que Platón ofrece de un detestable poeta, llamado Tinico de Calcis, el cual acertó á hacer una magnífica oda. Lo singular es que usted después de traer tales argumentos en favor de la indulgencia, maldito el caso que de ellos hace, y sin considerar que los Tinicos de por ahí acaso escriban alguna otra oda tan magnífica ó más que la del de Calcis, me los pone de vuelta y media por las malas odas que ya han escrito.
Apenas hay género de poesía lírica cuyos defectos no marque usted con juicio. Las políticas son artículos de fondo rimados, en lenguaje gacetero: «son arengas demagógicas, valentonadas quijotescas, exabruptos delirantes, disertaciones flemáticas ó exposiciones de proyectos maravillosos para el futuro engrandecimiento del pueblo.» Para aparentar que hay en ello poesía afirma usted que los autores ponen en sus coplas muchas interrogaciones é interjecciones, puntos suspensivos, ridículas hipérboles é insultos desaforados.
En la poesía amatoria aún halla usted más feos lunares. Por lo común, el poeta que ya ha obtenido favores de una dama, ó por celoso ó por hastiado, la harta de desvergüenzas ó expresa con abominable encarecimiento
El bien pasado y la ilusión perdida.
Es graciosa esta cita de usted: es de un autor que ha dado á luz un tomo titulado Tristezas del alma, y habla del último beso dado á su querida:
Beso postrero... sudario
de la ilusión del primero,
Vago, triste, lastimero
Como el ay de la orfandad:
Última flor arrancada
Al árbol de los amores,
Horrorosa campanada
Que suena en la eternidad.
Y usted añade con razón: «En materia de besos, bastantes disparates han dicho otros poetas; pero no hemos visto ni tenemos noticia de que ninguno haya llegado al extremo del autor de estos versos.»
Mucha culpa de semejante disparatar la tiene, según usted, «el prurito de mostrarse descontento de la propia suerte, de lamentarse de males que no se sabe dónde están, de pintar una tristeza que está bien lejos del corazón, de fingir pasiones imposibles y deseos fuera de toda ley racional, y de llamar á la muerte cuando acaso menos se la desea».