«Muchos amantes, dice usted en otro lugar, reconvienen á sus Nices, Lais ó Maritornes, dirigiéndoles billetes de eterna despedida, donde campean junto á un piropo desabrido una amarga burla, al lado de un mentiroso recuerdo una picante ironía, é ingerta en una tonta promesa una amenaza aún más tonta. Espronceda, con su canción delirante ó crapulosa, si así puede decirse, dirigida á Jarifa, es el maestro de nuestros poetas eróticos; pero los discípulos han sobrepujado tanto al vate español, que, si viviera, se avergonzaría de la frialdad de sus versos.»
Justo y saludable es el enojo con que truena usted contra el afán de imitar al ya citado Espronceda, á Byron, á Lamartine y á Víctor Hugo, exagerando sus faltas y no acertando á reproducir sus bellezas. Los ejemplos que pone usted son curiosos. Hay un poeta que, para combinar bien lo fúnebre con lo orgiástico, nos describe un banquete celebrado por él en el cementerio, donde turba el augusto silencio de las tumbas con música irónica y carcajadas infernales. Hay otro que, en el día del juicio final, se presenta delante de Dios con su querida de la mano, le dice que aquélla es su señora, que es muy guapa, que su amor es su virtud, que no quiere más cielo que ella, y amenaza al que se atreva á disputársela. Y hay otro, por último, que escribe una leyenda, ó fragmento de una leyenda imitando El Estudiante de Salamanca, y dando á luz á un D. Félix Joaquín Zavala, que pretende echar la zancadilla á D. Félix de Montemar, nuestro compatriota.
En suma, salvo algunas atenuaciones, salvo varias dedaditas de miel que suministra usted de vez en cuando, poco tienen que agradecer á usted los poetas de su tierra.—«Todo es pura palabrería, ruido insustancial, brillo falso.»—«La lengua está impíamente maltratada.»—«Ninguno reflexiona que cuando no hay verdad en los afectos, cuando las expresiones nacen de la cabeza y no del corazón, cuando se desecha lo natural por arrimarse sólo á los caprichos de la imaginación, propia ó extraña, no hay poesía, sino vano ruido de palabras; que no causa ninguna impresión agradable, sino mucho desabrimiento.»—Tales lindezas dice usted de su Parnaso.
Movido usted quizás por el patriotismo, echa la culpa de tamaños males al materialismo, á la impiedad, á la carencia de ideales, al pesimismo, y á otros errores, con que contaminan á los poetas ecuatorianos los poetas europeos, que se les presentan como dechados y objetos da admiración. Pero acaso ¿son satánicos, impíos y desesperados todos los poetas que en Europa están de moda? No: las causas deben de ser otras, y no esas. Y por otra parte, aun siendo impíos, y satánicos y tétricos, lo cual es de lamentar, no se sigue que sean malos todos los poetas europeos. Buenos, egregios, eminentes pueden ser, á pesar de su satanismo y de su misantropía.
Las causas verdaderas de los malos versos usted mismo las expone, rasgando sin compasión el vendaje y levantando los apósitos para catar las llagas.
El capítulo XVIII de la Ojeada es sangriento. Suelta usted la pluma y se arma del látigo para azotar á cuantos tienen los defectos, ó son causa ó resultado, ó ambas cosas, del mal estado de los estudios en esa república.
Ahí viene usted á declarar que no se estudia nada bien, ni nada útil, que «no hay más que tres malos caminos y un despeñadero: la jurisprudencia desacreditada, el sacerdocio profanado, la medicina mal entendida y peor aplicada, y la vagancia.» Los más, prosigue usted, van al despeñadero, «por los malos hábitos adquiridos con los peores estudios.» Los que se dedican á la teología, á la abogacía ó á la medicina «carecen, en su mayor parte, de las aptitudes para tales ciencias.»
Deplora usted luego que nadie se dedique á seguir otras carreras. Pero, ¿cómo han de seguirlas, si en los colegios y Universidades sólo se enseña eso y mal? «Las ciencias exactas y naturales, la industria, las artes, los oficios tan necesarios al pueblo, no han merecido la atención de nuestros legisladores ó han sido mirados con frío desdén.»
Eso mismo que se enseña puede inferirse de las palabras de usted que no se enseña bien ó que no se aprende. «¿Qué importa, exclama usted, con acerba ironía, que después de conquistados los grados y adquirido el pomposo título de doctor, subsista la ignorancia grande, redonda y cerrada? Este título da derechos que pueden convertirse en oro, aunque sea á despecho de toda razón y justicia.»
Del capítulo que voy analizando, si le diésemos crédito y no viésemos acritud y exageración, deduciríamos que ahí bulle un enjambre de doctores sin doctrina, que no leen sino malas novelas, coplas inmorales, y cuanto de peor y de más desatinado, moral, social y racionalmente, se imprime en Europa, y sobre todo en Francia.