Hay varias escuelas de ateísmo, todas, por desgracia muy florecientes ahora. Si sus principios no se hubieran infiltrado en las almas de mucha gente vulgar, que no ha estudiado nada y que filosofa sin saber que filosofa, y como por instinto, apenas tendría yo excusa para hablar de estas cosas con ligereza, y sin detenido estudio y reposo; pero yo, al discurrir sobre esto, no voy á revelar lo que se afirma en las cátedras y entre los muy doctos, sino que voy á tratar de ideas que corren y se difunden por las calles y por las plazas, que penetran en la vida social é influyen en ella.

Aunque se me tilde de impropiedad en el lenguaje porque en lo falso y en lo absurdo no quepa más ni menos, yo empiezo por creer que, siendo absurdas todas las negaciones de Dios, hay unas más absurdas, y menos absurdas otras.

Si el mundo es un valle de lágrimas sin esperanza en otra vida mejor; si todos los seres padecen; si la injusticia triunfa; si el orden físico y el orden moral no existen y si no hay más que desorden, como no hemos de suponer un poder infinito que se complazca en el dolor y en la miseria, ni tampoco hemos de fingir para soberano ordenador del mundo un sér benigno, pero sin fuerza y sin saber que basten á remediar lo malo, ó, mejor dicho, á no haberlo hecho, parece legítima consecuencia la negación de Dios. Lo falso está en las premisas, prescindiendo ahora de lo misterioso é inexplicable de que los seres obedezcan á ciertas leyes, aunque sean inicuas, sin que haya legislador que dé esas leyes; de que salga la conciencia de lo que no tiene conciencia, y de que brote un prurito certero y una voluntad eficaz de ser, sin persona donde la raíz de este prurito y de esta voluntad resida.

Con todo: yo creo que el ateísmo pesimista de Leopardi, de Schopenhauer y de Hartmann, es el menos desatinado: hay en él no poco del budismo trasplantado á Europa.

Pero cuando sostenemos que todo está divinamente concertado; que todo concurre y se encamina á la perfección de modo indefectible, se comprende mucho menos que nadie sea ateo.

Augusto Comte, á mediados de este siglo descubrió y explicó las leyes por cuya virtud el linaje humano va encaminándose á una sublime y noble bienaventuranza á través de los períodos teológico, metafísico y, por último positivo; pero estas leyes que descubrió Augusto Comte estaban ya promulgadas y eran obedecidas desde el principio ó desde la eternidad; luego hubo inteligencia que las dictó y poder que las hizo obedecer desde entonces. Tan acertadas y bienhechoras leyes no las dictó ni las impuso el Gran Fetiche, que es la tierra que habitamos, ni el Gran Medio, que es el espacio en que la tierra se mueve, ni la Virgen-Madre, que es la Humanidad, nacida en virtud de estas leyes. El Sér Supremo positivista es uno y trino: es un compuesto del Gran Medio, del Gran Fetiche y de la Virgen-Madre; pero tampoco da las leyes: se limita á obedecerlas y á irse encaminando así á la perfección.

Claro se ve que esta religión positivista es absurda para los teólogos y para los metafísicos; pero, digo la verdad, no comprendo el enojo, las burlas y las protestas contra ella de los positivistas no religiosos. Á mi ver, ustedes son tan lógicos como ellos, y además son más amenos. Con semejante fantasmagoría ó camelo de religión no se invalida ni se desnaturaliza la doctrina del Maestro. Ni ustedes vuelven á restablecer los agentes sobrenaturales del período teológico ni lo que llaman ustedes abstracciones realizadas del período metafísico, como Dios, esencia y causa: ustedes se limitan, para recreo y hechizo poético de los hombres, á personificar cosas harto reales y visibles, que no tienen nada de abstracción, á saber: el universo todo, el planeta en que habitamos y cuantos animales racionales le pueblan, considerándolos en su conjunto.

No acusaré yo á ustedes de inconsecuentes, como otros los acusan, calificando su religión en lo tocante al culto de los héroes, de paganismo; y en lo tocante á la devoción fervorosa á las mujeres, de plagio de la devoción á la Virgen María de los católicos. No deroga la religión de ustedes, que no es religión, la ley positivista que hace de la religión el grado ínfimo en el desarrollo intelectual de los hombres. La religión de ustedes es un objeto artístico, un primor, un adorno, de mejor ó peor gusto, pero que, en lo esencial, ni quita ni pone.

No hay que decir que yo no creo en la afirmación de Augusto Comte. Yo creo lo contrario. La religión es inmortal, es indestructible como ciencia y como sentimiento. Desde todos los puntos, desde aquellos que más distantes nos parecen, y por todos los caminos, cuando más pensamos apartarnos de la religión, de la metafísica y de la teología, volvemos á ellas, sin poder evitarlo. Si algún valor tiene la religión de ustedes, es el de la sombra, el del espectro, que distrae y fascina y tal vez impide á ustedes ó ver la verdadera religión que penetra en el positivismo, ó salir á buscarla, desde el seno de ese positivismo, siguiendo sus métodos, y apoyándose en él y tomándole como punto de partida.

En contraposición á la vana religión de ustedes, he de permitirme decirles algo, dado lo poco que sé y creo penetrar, de los esfuerzos y tentativas para recobrar la religión verdadera y para hacer de ella una ciencia positiva en el seno del positivismo, completando así la enciclopedia de Augusto Comte, y añadiendo á sus seis ciencias, que se siguen y encadenan, otra más alta que es la teología.