Y cae también la turbamulta de positivistas franceses, ingleses, alemanes y españoles, que con más ó menos pudor y disimulo van á seguir la bandera de Büchner, de Moleschott, de Carlos Vogt ó de Haeckel.
El señor Menéndez y Pelayo, que ha estudiado bien todo esto en sus Heterodoxos, trae larga lista de secuaces del positivismo en España, y apenas hay uno que se haya quedado en la neutralidad modesta y antimetafísica: casi todos caen en el materialismo, descollando entre ellos el catalán Pompeyo Janer. Hasta los antiguos y nebulosos krausistas, empezando por don Nicolás Salmerón, han venido á dar en el positivismo en los últimos tiempos; pero todos estos positivistas españoles pertenecen á la secta no religiosa. Menéndez y Pelayo, cuya diligencia y erudición son admirables, sólo nos cita dos positivistas españoles religiosos: D. José Segundo Flórez y el naturalista cubano don Andrés Poey, ninguno de los cuales debe haber fundado iglesia entre nosotros. Si la ha fundado, estará escondida en tenebrosas catacumbas, cuando Menéndez y Pelayo, que todo lo escudriña, no ha dado con ella. Lícito es, pues, afirmar sintéticamente que en España no hay positivistas religiosos. La Religión de la Humanidad, no hace prosélitos por aquí. Estéril y desairada misión me parece esa que usted y su hermano quieren confiarnos, á doña Emilia Pardo Bazán y á mí, de ser en España los apóstoles de la Religión de la Humanidad: el Santiago y la Santa Teresa de esta nueva creencia.
Las lisonjas, amonestaciones y consejos de usted son cantos de sirena, á los cuales doña Emilia y yo debemos tabicar con cera los oídos, imitando al prudente Ulises. Si los oyésemos, si nos dejásemos seducir, iríamos á parar al cómico martirio, no de la hoguera, no de la degollación, no de la estrangulación, sino de las silbas y de las burlas. España está muy hundida en el negativismo, como usted le llama: y no hay quien la saque de él á tres tirones. Lo que dice usted á doña Emilia es para deslumbrar á cualquiera, pero ella no es un cualquiera y no se dejará deslumbrar. Usted le dice, entre otras cosas: «Anhelo que revele usted la Religión de la Humanidad á las nobles españolas, sus compatriotas; que las haga influir en la conversión de sus padres, de sus esposos, de sus hijos descaminados en el negativismo; que convierta usted misma, exhortándolos fuertemente, á varios de los esclarecidos varones de España, para que se pongan al servicio de la grandiosa doctrina con la que tanto pueden enaltecer á su patria y al mundo entero; que su palabra circule radiante de unción, no sólo por la península ibérica, sino también por toda la América española, infundiendo convicciones tan sublimes como inquebrantables: que su santa y vigorosa elocuencia invada á París para concurrir á la regeneración definitiva de la gran ciudad por la cual se modelan todas las naciones; y que, cuando llegue la hora solemne de su transformación personal de la vida objetiva á la vida subjetiva (pasar de la vida objetiva á la vida subjetiva equivale á morirse entre los profanos), experimente usted el inefable goce de haber trabajado de todo corazón y con todas sus fuerzas por la Religión universal, y pase á incorporarse, resplandeciendo con eterna aureola, en la Humanidad, nuestro verdadero Sér Supremo, desde cuyo glorioso seno continuaría usted guiando almas con el inolvidable ejemplo de su abnegada labor, y con sus virtuosos y magistrales escritos».
En medio del entusiasmo, de la elocuencia, del profundo convencimiento de usted, doña Emilia no podrá menos de reconocer la inanidad de sus promesas y lo inconsistente de ese Sér Supremo, en cuyo seno usted la coloca, y lo falso de su eternidad, ya que el día menos pensado se seca la Tierra, como parece que se secó la luna, ó se apaga el sol, ó se cae en él la Tierra, ú ocurre á la Tierra cualquier otro percance, y el Sér Supremo, inventado por Augusto Comte, tiene lastimoso fin, con toda la ciencia, con todas las invenciones y con todos los primores, y con todas las filosofías, más ó menos positivas, que ha ido confeccionando en unos cuantos siglos.
Caro, en su libro sobre el positivismo, amenaza también á ustedes con la fin del mundo para demostrar la falsedad y la vanidad de la religión del progreso. «Entonces, el hombre y su civilización, sus esfuerzos, sus artes y sus ciencias, todo habrá sido. Todo perecerá con la vida de nuestro globo; y, si no queda en alguna parte un pensamiento que recuerde, y conciencias que recojan los resultados de tantos sacrificios, la tal religión del progreso es la burla más cruel del pobre animal humano, á quien inútilmente se ha turbado en su miserable dicha, y se ha espoleado para que corra en pos de quimeras y de perfecciones cuyo término es la nada.»
Lo cierto es que, para evitar estos tropiezos y sostener el progreso indefinido en toda su grandeza, el positivismo vale poco, y es mil veces mejor el perfeccionismo absoluto del Sr. Dosamantes. Con los cuerpos flúidos, dotados de la virtud de lanzarse á otros mundos, chico inconveniente sería que éste se hundiese ó acabase. Nos pondríamos en salvo y nos iríamos á planetas más bellos y más cómodos, diciendo: Ahí queda eso, como dicen que dijo el cura de Gabia.
No hay, con todo, medio alguno de que ustedes acepten ni cuerpos flúidos, ni nada que sea equivalente. Son ustedes tan materialistas y tan ateos como el que más. La Religión de la humanidad es sólo poesía sin substancia y delirio vano.
Como únicamente puede comprenderse la religión de ustedes es como uno de los mil arbitrios, el más ineficaz, á mi ver, á que apelan los pensadores de nuestros días, cuando, después de destruir la realidad superior é invisible dentro de lo conocido, buscan lo ideal, y hablan de él y quieren rendirle adoración y culto.
Todo otro arbitrio para poner lo ideal, es, repito, más eficaz que el de ustedes. Aun suponiendo que la razón, la mentalidad del siglo XIX como usted la llama, no logre columbrarle, ¿por qué hemos de negar que no logren columbrarle otras facultades del alma humana, y que no le vean y reconozcan, no sólo como ideal, sino como real, con limpia, clara y refulgente realidad objetiva, cuya luz acabe por penetrar en el universo concebido por la ciencia, y encerrado por ella en cárcel sombría, y al fin le ilumine y le explique?
Yo confieso que no pocas de estas tentativas de realizar lo ideal, y de traerle al mundo de la ciencia, y de iluminar con él sus tinieblas, me son simpáticas, por disparatadas que sean. Por esto me hacen tanta gracia el perfeccionismo absoluto del señor Dosamantes, el espiritismo, el budismo esotérico y otros sistemas así.