Divididos así en dos el espíritu y la vida de Comte, tenemos un Comte loco y otro cuerdo. Los que le aceptan y glorifican hasta 1845 se consideran juiciosísimos, y declaran loco al Maestro durante los últimos doce años de su vida, y á todos ustedes, que le aceptan por completo, los dan por locos de remate, hablando sin rodeos y dejando á un lado las perífrasis y los eufemismos elegantes ó científicos de que ellos se valen al formular la declaración.

Para el que, como yo, no es positivista, ni de una clase ni de otra; para el que entiende que no se acabó ya la teología, ni se acabó la metafísica á fin de que no haya más que ciencia, y para el que cree que toda ciencia es imposible sin metafísica y sin teología, tanto los positivistas no religiosos como los religiosos, se equivocan; pero, sin duda, en mi sentir, se equivocan más ustedes, los religiosos, sin que llame yo por eso á la equivocación locura, sino error ó extravío generoso nacido de un noble y puro sentimiento que en balde han querido ustedes ahogar en el alma.

Yo no niego, además, que hay un procedimiento dialéctico en el pensamiento de Comte; que no funda su religión porque sí; que su religión no fué lo que vulgarmente llamamos una salida de tono.

Lo que hay de más simpático en el positivismo es la crítica, á mi ver, imparcial, elevada, entusiasta y optimista con que juzga la historia, para marcar en ella el movimiento ascendente del humano linaje hacia la luz y hacia el bien, pasando por los estados teológico y metafísico para llegar al científico al cabo. En este progreso, los positivistas declaran, y usted confirma, que la creación más grande del hombre ha sido la Iglesia católica, institución soberana del orden social, comunidad de los pueblos en una misma fe, organismo tan alto y benéfico, que, como usted asegura jamás puede desaparecer. Y añade usted luego: «Lo que sí sucederá es que se perfeccione.» Y esta perfección fué muy extraña. Augusto Comte se convirtió en Padre Santo; apartó las personas reales de Dios y de la Virgen Madre, y puso en lugar de ellas, y usurpando sus nombres, dos figuras retóricas; y así fundó la religión de la humanidad ó el catolicismo positivo.

¿Tienen alguna fuerza las razones que usted da en favor de su religión nueva; en alabanza de ese catolicismo perfeccionado? Yo entiendo que las razones de usted le destruyen por su base. «Augusto Comte, dice usted, no podía instituir su doctrina en nombre de Dios, porque, dada la mentalidad de nuestro tiempo, no podía sentirse inspirado sobrenaturalmente. Hubiera faltado á la profunda sinceridad que le caracteriza».

«Moisés y San Pablo, añade usted, influyeron grandemente en moralizar el mundo. Estos ilustres servidores de la humanidad fueron sinceros al atribuir á revelación divina los preceptos religiosos que dictó cada uno de ellos, porque sus respectivos medios sociales eran teológicos. En el medio social positivo que alcanzamos, creerse inspirado de Dios supondría una perturbación cerebral».

A esto, y adoptando el severo criterio de usted, cualquiera podrá añadir que mayor perturbación cerebral supone aún, en el medio social positivo en que estamos viviendo, sin creerse inspirado por Dios, no sólo negando su inspiración, sino negándole á Él ó desconociéndole, ponerse á fundar religión nueva. Cualquiera otra determinación parece menos disparatada. Y, sin embargo, la determinación de ustedes tiene excusa, una vez aceptado el positivismo hasta donde Littré le acepta.

El remate de su doctrina oficial es como un punto elevado, resbaladizo, con abismos por todas partes, donde se exige al positivista que se tenga en equilibrio, y donde el equilibrio no es posible. Es necesario caer en alguno de esos abismos.

No es dado quedarse sin negar ni afirmar la materia eterna ó Dios. El positivista cae del escollo en que se ha encaramado aunque se agarre con las uñas, á fin de no caerse, á los preceptos de Littré, declarándose, con modestia, incompetente para decidir sobre tales asuntos.

Lo más común es que caiga en el materialismo y en el ateísmo. Littré cae con frecuencia, como se lo prueba Caro en el extenso libro que ha escrito sobre él, y al que me remito.