Convengamos en lo uno; pero ¿cómo es posible convenir en lo completo? ¿No quedaba, fuera de lo sabido por observación y por experiencia, mucho de incognoscible ó de incógnito? Mucho quedaba, y no me explico cómo no se ríe usted conmigo del donoso remedio que se ha buscado para este mal. Lo incógnito es incognoscible. La esfera del pensamiento humano se encoge y se achica para que sólo quepa en ella el conocimiento verificado. Todo otro conocimiento se llama conocimiento imaginado. Se le da el título de absoluto ó de ideal, y se le declara inaccesible.
Sea así. Vayamos más allá, si se quiere. Tratemos de suprimir lo absoluto, y no sólo de declararlo inaccesible. Repitamos con Littré: «El universo nos aparece hoy como un conjunto, cuyas causas están en él mismo, y que llamamos leyes. La inmanencia es la ciencia que explica el universo por causas que están en él. La inmanencia es directamente infinita, porque, desechando tipos y figuras, nos pone en inmediata relación con los motores eternos de un universo ilimitado, y descubre al pensamiento estupefacto y extasiado los mundos lanzados en el abismo del espacio y la vida lanzada en el abismo del tiempo.» Con más claridad y con menos pompa, esto significa que no hay Dios; que el mundo es eterno; que él mismo es causa y efecto; y que sin inteligencia crea inteligencia, sin voluntad ni saber impone leyes indefectibles, sin vida crea vidas, y sin ser persona produce personas. Fuera de lo absurdo, gratuito y pasmoso de tales afirmaciones clara se ve la contradicción en que Littré incurre. Ni una sola de esas afirmaciones es conocimiento verificado; nace de observación, de experiencia, de lo que él llama filosofía positiva ó ciencia pura. Luego es teología, aunque negativa: luego es metafísica; y al poner tales afirmaciones destruimos todo el sistema, y, en vez de sostener que pasó el período teológico y que pasó el período metafísico, y que hoy estamos ya en el período científico, en plena edad de razón, volvemos á ser teólogos ó metafísicos, aunque harto empecatados.
Yo no tengo en este punto que refutar á Littré: él mismo se refuta y se retracta, con más recto aviso, diciendo: «No conocemos ni el origen ni el fin de las cosas y no hay razón para negar ni para afirmar que haya algo más allá de ese origen y de ese fin.» La doctrina ó filosofía positiva no niega, pues, ni afirma á Dios. La Naturaleza no vale para reemplazarle. «¿Quién es esa señora?»—preguntaba el conde José de Maistre. «Si la Naturaleza significa el conjunto de las cosas que nos son conocidas, este conocimiento es relativo como ellas; es experimental, y deja fuera las regiones de lo incognoscible: y si la Naturaleza es un poder infinito, autor y ordenador del Universo, no hay saber positivo que halle al cabo de sus investigaciones ese poder, que por lo tanto debemos pasar en silencio. Experimentalmente no sabemos nada de la eternidad de la materia ni de la hipótesis de Dios.»
Ya se ve que Littré, en sus momentos más lúcidos, se declara neutral: ni afirma ni niega. Pone lo sobrenatural fuera de nuestro alcance; por cima de nuestro raciocinio. Pero, ¿no habrá otras facultades de nuestra alma, por cuya virtud se pueda llegar á él?
Yo veo que este positivismo agnóstico deja abierta la puerta á la imaginación, á la fe, á la intuición amorosa del alma afectiva, ó quién sabe á qué otras facultades y potencias, para tender el vuelo y explayarse por ese infinito inexplorado, y apartar de él la desesperada calificación de incognoscible.
De aquí que, en mi sentir, por el positivismo de Augusto Comte podamos volver de nuevo á las más fervorosas creencias, como por el sensualismo de Condillac volvió á ellas el ya citado conde José de Maistre.
¿Quién sabe si en el extremo del positivismo agnóstico, ó dígase del agnosticismo, no está ya cuajándose y brotando un misticismo flamante? En todo caso, esto sería lo que llama el vulgo salto atrás, y lo que llaman atavismo los doctos. Según usted asegura, y según aseguran otros autores, Augusto Comte se inspiró en el conde José de Maistre, éste en el teósofo Saint-Martin, y Saint-Martin en aquel español ó portugués misteriosísimo que se firmaba Martinez Pascual, que escribió la Reintegración de los seres, influyó tanto en el florecimiento de los misticismos y teosofías del fin de la pasada centuria, y desapareció luego.
Como quiera que ello sea, fuerza es convenir en que el más ilustre discípulo de Augusto Comte fué Emilio Littré, y en que Emilio Littré, á la muerte del Maestro, aceptó la herencia á beneficio de inventario, repudiando notable parte de ella. Otros la recogieron y la aceptaron toda con plena piedad, y de aquí el cisma, que aún dura.
Para no confundirnos, llamaré al positivismo de Littré no religioso, y llamaré religioso al positivismo de usted y de los que como usted piensan. Bueno es, no obstante, que se entienda desde luego que el positivismo no religioso de Littré puede concertarse un día, si ya no se concierta en algunos espíritus, con religión verdadera, y aun con teosofía y aun con misticismo exaltado, mientras que en el positivismo de ustedes, con ese vano y absurdo fantasma de religión que ponen ustedes, es imposible é incompatible toda religión que tenga algunas condiciones de tal.
Hasta 1842, en que publicó Augusto Comte el tomo VI y último de su Curso de filosofía positiva todos los hombres que le siguen y pueden contarse por positivistas, con más ó menos restricciones, correcciones ó aditamentos, como el citado Littré, Herberto Spencer, Stuart Mill, Lewes, Taine, Robinet, Huxley y otros, creen que Augusto Comte estaba sano; pero ya, en 1845, empieza el período patológico de la vida del maestro. Su locura es evidente y declarada para todos los dichos sabios, desde 1851, en que publica el Maestro su Sistema de política positiva ó tratado de Sociología, instituyendo la religión de la humanidad.