Prescindo, pues, de lo que me dicen ciertos espíritus que presumen de superiores y de invulnerables para toda idea que ellos no consideren sensata, y voy á contestar á usted, teniéndole por sensato y cuerdo, y además por excelente, bondadoso y sabio.

Si yo hubiera de tener por locos á cuantos no piensan como yo y sostienen lo contrario, enteramente lo contrario, el planeta en que vivimos me parecería un manicomio. Lo más atinado, pues, y lo más caritativo, es pensar que todos tenemos juicio; que todos estamos de acuerdo en bastantes puntos, y que, si discordamos en otros, la discordancia es un bien, ya que sin ella no habría materia para escribir y para hablar, y nos aburriríamos de quedarnos callados, y se nos embotaría el entendimiento sin nada que le estimulase, aguzase y acicalase.

Remueve, además, los escrúpulos que me arredraban, atajando el correr de mi pluma, la consideración de que son pocos los escritores que escriben para revelar inauditas verdades. Harto sé que yo no he abierto ni

«Abriré nuevos senderos
á la errante humanidad».

pero ¿por qué no he de solazarme un rato charlando con ella, ó al menos con aquella mínima parte de ella tan desocupada y benigna que tenga vagar y paciencia para leerme?

Con este presupuesto, voy á contestar á la amable carta de usted.

Augusto Comte es el glorioso fundador de la secta que usted sigue, dividida hoy en dos ó más iglesias. Suponer que hasta cierto momento de su vida Augusto Comte fué juicioso, y que fué atinado cuanto dijo, y que después, con el mucho cavilar, se le descompusieron los sesos, y no acertó á decir sino disparates, se me antoja suposición arbitraria. O la locura de Augusto Comte está en toda su vida y en todos sus escritos, ó no hay ni hubo tal locura jamás[B].

Para mí, tan desatinado es Augusto Comte al principio como al fin, pero yo respeto, aplaudo y admiro los desatinos cuando están hábilmente ordenados y entrelazados, é implican saber, entusiasmo é ingenio.

La grande obra del maestro de ustedes era «dar á la filosofía el método positivo de las ciencias, y á las ciencias la unidad de conjunto de la filosofía».

Cuando murió el Maestro, el 5 de diciembre de 1857, sus discípulos y apóstoles aseguraban todos que, salvo ligeras imperfecciones, dicha grande obra estaba realizada: había filosofía positiva; ciencia y filosofía se habían compenetrado y formaban completa unidad.