Con la aparición de la conciencia, del entendimiento, del sér humano, ocurre lo mismo.

Entre lo que vive y lo que no vive, entre lo que piensa y lo que no piensa, no hay término medio; no hay eslabón que enlace la cadena y acredite como evidente la ley de continuidad. De la substancia viva más imperfecta á la substancia sin vida más hermosa y rica, al diamante, al cristal, al oro más puro, hay un abismo. Y desde el más grosero pensamiento al instinto más perfecto del animal, hay otro abismo también. Fuerza es, pues, admitir la solución de la continuidad de Herberto Spencer, y tres evoluciones en vez de una: la de la materia inorgánica, la de la vida y la de la conciencia.

Ignoro si un señor llamado Enrique Drummond, es inglés, ó yankee. Sólo sé que, estando yo en los Estados Unidos, apareció allí y se puso muy en moda un libro suyo, impreso en Boston, que se titula Leyes naturales en el mundo espiritual.

Aunque yo, según he confesado, sé poquísimo, y no tengo la pretensión de enseñar, y sólo escribo para divertirme y divertir, si puedo, á quien me lea, todavía, sin pasar de mero aficionado á sabio, tengo mis opiniones arraigadísimas, contra las cuales nada prevalece. Y una de estas opiniones es que el método empírico sirve para explicar los fenómenos y sus relaciones: para clasificar los seres y ponerlos como en un casillero; mas no para explicar las causas y elevarse á la metafísica, previamente desechada. Así, pues, yo considero falso el pensamiento fundamental de Enrique Drummond, y yo considero irrealizable su intento.

Sin embargo, el intento de Enrique Drummond es tan sano y tan sublimemente benévolo y el arte y el discurso con que le realiza son tan ingeniosos, que no puedo resistir á la tentación de hacer aquí un extracto de su sistema.

Así verá usted como la mentalidad, en este tercer período histórico llamado positivo, no excluye la religión ni la teología, sino que desde el seno del positivismo, y por métodos positivistas, volvemos á ellas. Y volvemos, no ya sólo á una religión metafísica, á una teología natural ó teodicea creada por el discurso, sino á la religión revelada, cristiana, positiva y católica.

Usted y su hermano, que son tan entusiastas y tan devotos de San Pablo, de Santa Teresa de Jesús y de San Ignacio de Loyola, quién sabe si cuando vean que, sin dejar los carriles del positivismo, pueden llegar con Enrique Drummond á creer en lo que creyeron dichos Santos, no acabarán por abjurar de esa Religión de la Humanidad, sin más Dios que la Humanidad misma, y por volver al Catolicismo, el cual, dado, como yo creo, que la religión no ha concluído ni concluirá nunca, es la verdadera religión de la Humanidad: la religión definitiva.

Pero tratar de esto requiere bastante extensión y capítulo aparte.

II.

En estos últimos días he recibido un nuevo folleto de usted (segunda carta á D. Zorobabel Rodríguez), por el cual veo que sigue usted predicando su Religión de la Humanidad, aunque asegura que no quiere polémicas. Yo no las quiero tampoco: pero necesito exponer las razones principales que me mueven á no convertirme, como usted me aconseja en la extensa carta que me escribió; y además, esto me da ocasión para discurrir y cavilar sobre la irreligión del día, sobre eso que usted llama la mentalidad, del período positivo en que estamos, mentalidad que se opone, según usted, á que creamos en nada sobrenatural, por donde San Pablo, San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, y todos los mejores Santos del Calendario, y todos los más nobles y generosos héroes de la Historia, no creerían en Dios si viviesen ahora, y sólo á la Humanidad darían adoración y culto.